10º — GRANADA — 23 de abril. Día 4

Desde el viernes pasado mi vida se ha convertido en una aventura desproporcionada hasta en el más nimio de los detalles. Lo reconozco. Como también admito que no estoy muy segura de las razones que me empujan a seguir adelante con esta historia descabellada y casi irracional, pero una voz interior me insta a continuar a pesar de que no tengo nada, aparte de un par de conversaciones telefónicas con un extraño y un sinfín de sensaciones desconocidas que me mantienen en éste absurdo estado de permanente fascinación. He desoído las objeciones y temores de Mikel y también ignoré el malestar que, al parecer, he provocado en el seno de mi propia familia al tomar esta decisión.

De sobra sé que mamá sufre amargamente por las pulsiones emocionales que han condicionado la vida de Pati y la mía desde la más tierna infancia, aunque no entiendo por qué se empeña en sentirse culpable de nuestra forma de ser. En realidad, ni siquiera es responsable de transmitirnos los genes que llevan la impronta de lo que ella considera un dislate, y que nos convierte a las dos en una suerte de clarividentes alucinadas o cazadoras de signos agoreros sin pretenderlo. Y, en cualquier caso, tanto Pati como yo somos adultas y capaces de decidir por nosotras mismas. Pero supongo que mamá no lo ve así.

Ella tuvo la certeza de nuestra condición extraña desde el momento en que supo que traía gemelas al mundo. La muerte simultánea y prematura de mis tías —las hermanas de papá, también idénticas— siempre vivió en su interior como una amenaza latente y prácticamente ineludible, envuelta en un halo de superstición y precintada con el sello de la fatalidad. Por otro lado, mi padre también se fue demasiado pronto y la obligó a enfrentarse sola a las dificultades de la vida. De repente, se vio arrojada a la vorágine de la vida y forzada a hacer de padre y madre de dos niñas a las cuales se empeñaba en adjudicar una naturaleza anómala. Entre los recuerdos de mi niñez prevalece el gesto vigilante de mamá, su actitud de ojo avizor permanente, siempre a la caza y captura de cualquier indicio que le certificase un exceso de celo por parte de mi hermana hacia mí o viceversa, porque ella está segura de que fue ese celo, precisamente, lo que se llevo a la tumba a sus cuñadas prácticamente juntas, con una diferencia de días y antes de cumplir los cuarenta…

No me atrevo a juzgarla porque no estoy segura de cual habría sido mi reacción de haberme encontrado en su lugar, pero creo que negar la existencia de los problemas siempre resulta inútil y es, además, una actitud cobarde. Tampoco la acuso de nada, a pesar de que pienso que actuó injustamente sobre todo conmigo, porque para Pati todo ha resultado diferente. Ella intuyó desde muy pequeña que no somos un par de hermanas al uso, e intentó evitar por todos los medios las situaciones que ponían en marcha los mecanismos de nuestra extraña conexión. Empresa, por otra parte, más que difícil. No había forma de evitar que a la una le escociese la rodilla cuando la otra iba a dar con sus huesos en el duro suelo del patio del colegio, o que nos doliesen las muelas a las dos al mismo tiempo. Y Pati siempre sintió miedo ante el extraño proceder de nuestras mentes, amedrentada —eso pienso ahora— por la constante influencia de mi madre. A mi hermana no le gusta esta faceta de sí misma, la aborrece y la aterroriza a partes iguales, aunque esto sólo lo supe hace un par de años cuando, tanto ella como mamá, decidieron romper el extraño acuerdo, tácito entre ambas pero desconocido para mí, y mostrarme —cada una por su cuenta— una realidad de la que yo apenas era consciente. Ahora tengo la certeza de que mamá consiguió transmitir a Pati un miedo irracional hacia todo aquello que, de alguna manera, nos diferenciaba de las demás crías, y sé que mi hermana ha luchado durante toda su vida por cercenar los rabos de su sobresaliente capacidad, por automutilar el tentáculo que la hace parecer diferente, monstruosa a sus propios ojos… Y puede que lo haya conseguido, porque hoy Pati me parece otra persona. Aparentemente ha logrado desligarse de mi influencia para siempre…

No es mi caso. Ni lo fue entonces ni lo es ahora. A mí nunca se me ocurrió pensar que lo nuestro resultase aberrante, ni siquiera especial. Puede que sea una ingenua o una estúpida, pero sigo creyendo que la relación con mi hermana es de lo más natural, y debo confesar que sin su calor y compañía me siento desposeída. Yo sigo dependiendo de Pati y no me avergüenza reconocerlo. Necesito su presencia para percibirme a mí misma completa de algún modo. Soy consciente de que este sentimiento me costó el divorcio y puede que ahora me separe también de Mikel, porque he llegado hasta aquí —contra viento y marea— buscando algo muy concreto, algo que excede a las necesidades convencionales. Esa pieza vital de la que Pati me desposeyó y sin la que no puedo alcanzar el equilibrio, como si a la balanza de mi espíritu le hubiesen arrancado uno de los platillos y tuviese que reemplazarlo con urgencia. Me temo que el resto de mi vida es irrelevante si lo comparo con este sentimiento de soledad, afligido y gris, que ahora me abruma y me aboca a una tristeza sin límites, a la desolación absoluta…




No puedo reprimir el impulso que me mueve a enmendar la inestabilidad de mi alma y no voy a hacerlo. La pataleta telefónica de mamá, ayer por la tarde, y los oscuros presentimientos de Mikel por la noche, sólo sirvieron para fortalecer mi determinación. De alguna forma, la voz serena y dulce de Tomás se ha abierto paso por entre la bruma gris y me ha conducido hasta aquí. No me arrepiento de haber adelantado el vuelo unas horas ni de haberme dejado llevar mansamente por su sinfonía de palabras entrañables teñidas de azul. Finalmente, él me ha traído al lugar adecuado. He tenido esa certeza hace apenas una hora. Lo he sentido en lo más profundo de mi corazón. Tomás me ha puesto en el camino correcto y siento que mi destino es seguirlo sin pensar en el final; que la vida es algo grande e inexplicable, más allá de todos nosotros y nuestros miedos y deseos…

Y después de una noche interminable, sobrellevando a duras penas el sueño intranquilo de Mikel, y una mañana extraña, abrumada aún por sus insistentes reproches desesperados, me encuentro en la habitación nº7 de las nueve disponibles en el hotel más estrecho del mundo, el Molinos, situado en el que, para muchos granadinos, es el barrio más emblemático de esta ciudad desconocida y ajena a mí. O quizá no tanto…

Desde que bajé del avión, hace unas tres horas, me siento descolocada y satisfecha a la vez; transportada a un mundo paralelo que de alguna manera, incomprensible y extravagante, ya formaba parte de mí. En esta ciudad no soy una extranjera. Lo supe en el instante en que el avión perdió altura en dirección a la sierra pintada de blanco y ocre. Las nubes, aquí como en Madrid, se mantenían dispersas, arracimadas en grupos compactos, oscuros y amenazantes, pero de aspecto bruñido bajo el influjo del sol brillante. No pensé en la posible tormenta. Hace tiempo que no lo hago. Las bajas presiones dejaron de atemorizarme el día que comprendí que la tempestad vive en mi interior y es inútil intentar huir de ella. De todas formas, esta mañana no tuve la sensación de penetrar en una cueva oscura, lóbrega, a medida que el avión atravesaba la muralla de algodón sucio y espeso, al contrario, me gusta esta ciudad. El aire huele a jazmín y su luz es especial pero, sobre todo, la atmosfera me transmite un sentimiento alentador en cada calle, cada plaza o bulevar recorridos desde que llegué. En el instante en que puse pie en tierra me sentí embargada por una emoción indescriptible, como si estuviese cumpliendo el sueño de mi vida tras largos años de lucha por conseguirlo.

Salí del aeropuerto, pequeño y apenas transitado por los pasajeros de mi propio vuelo, y no tardé mucho tiempo en localizar a Tomás. Su aspecto enjuto y menudo, de hombros caídos y gesto apesadumbrado, casa perfectamente con la voz cansada, cercana, que escuché en nuestra última conversación telefónica:

—Es la mejor forma para no perdernos, señorita. La parada de taxis está junto a la puerta de salida del hall. Yo la espero allí… Mi coche es de color azul metalizado…

Y allí estaba, con el trasero apoyado en el capó azul de un Ford fiesta y fumando un cigarrillo mientras observaba atentamente a la gente que abandonaba el recinto. Por alguna razón, sus ojos se detenían en las cincuentonas que atravesaban la puerta acristalada y pasaban de largo ante mi figura, como si mi presencia le resultase inadvertida. Parecía incómodo en el interior de su traje rallado de entretiempo y alargaba el cuello reiterativamente hacia el cielo, huyendo del roce de la solapa en la nuca. Cada vez que lo hacía, un tenue halo azul turquesa escapaba por detrás de sus orejas hacia el aire limpio y fresco.

—¿Tomás Ruiz?

Sus ojos negros se enfrentaron a los míos, sorprendidos, y de repente caí en la cuenta de que ni siquiera se me había ocurrido preguntarle durante nuestras conversaciones cómo había llegado hasta mí. No me parecía que tuviese demasiadas referencias sobre mi persona. Ni siquiera era capaz de reconocer mi aspecto. Y en ese momento no me quedó más remedio que admitir, con cierta angustia, que las palabras de Mikel esta mañana estaban cargadas de sentido común: es la primera vez que me enfrento sola a algo así y lo hago a ciegas, sin datos que me orienten hacia ninguna parte… El pulso golpeaba con violencia mis sienes mientras me acomodaba en el asiento del copiloto. Creo que el simple gesto de ajustarme el cinturón de seguridad se me antojó súbitamente temerario. Estaba a punto de perderme en una ciudad ajena guiada por un extraño del que desconocía completamente las intenciones, y me pareció entender lo que mi gente de Madrid quiere decir cuando habla de locura y me mira de soslayo. Sin embargo, bastaron un par de minutos para que la voz aterciopelada y azul de Tomás me devolviese la confianza.

No creo, en realidad, que ese primer momento resultase más fácil para él. Después de todo, se disponía a desvelar a una forastera completamente ajena a él la parte más dolorosa y angustiante de su propia vida reciente.

Arrancó el motor en silencio y enfiló en dirección Este para entrar en la rotonda y tomar la segunda salida por el ramal “Autovía A-92”. El coche se movía despacio, demasiado despacio, y yo intenté fijar mi atención en los olivos contrahechos del camino e ignorar la mirada inquisidora de Tomás, aunque era perfectamente consciente de que estaba siendo sometida a un análisis minucioso. Me pareció ver que su gesto amable desaparecía y un rictus de desconfianza ocupaba su lugar. Era evidente que esperaba otro tipo de mujer, y la duda que me pareció ver reflejada en su rostro fue directamente proporcional a mi creciente inseguridad. Creo que sentí el vivo deseo de que los polígonos industriales que salpicaban la zona desapareciesen de ella y dejasen su lugar a ese otro paisaje habitual en mi camino diario y cotidiano a través de la M-30…

Pero había llegado hasta aquí después de vencer mil obstáculos, y ya era demasiado tarde para casi cualquier cosa. Además, soy perfectamente consciente de que una de las principales razones que me han traído a Granada es la urgente necesidad de reafirmarme a mí misma. Me urge saber si seré capaz de enfrentar mi peculiar destino sola, sin la ayuda de nadie. Aunque en ese instante Mikel ocupase mi pensamiento por completo y un sentimiento de desamparo casi infantil se me agarrase a las entrañas.

El camino se bifurcaba en un sinfín de salidas, cada una de las cuales parecía dirigirse a los diferentes polígonos y zonas industriales, hoy cerrados y sin movimiento, del cinturón de la ciudad. Tomás entró en una rotonda en dirección Alhambra/Motril/Sierra Nevada, y nos incorporamos a una vía ancha y recta completamente despejada a las once menos cuarto de un domingo tranquilo en lo que a tráfico se refería, un tanto deslucido, tal vez, por las amenazantes nubes del horizonte, empeñadas en oscurecer definitivamente el día.

—¿Ha tenido un vuelo tranquilo?

Su voz fue apenas un susurro, amortiguado por los golpes de viento sobre la carrocería del coche, pero la entonación amable pareció rescatar su gesto afable de alguna parte. A su izquierda, la sierra imponente, con las zonas más altas todavía blancas y encopetadas, dominaba el paisaje gris.

—Sí, si no tenemos en cuenta las turbulencias…

—Ya lo creo, el tiempo está muy revuelto. Creo que no recuerdo un mes de abril tan lluvioso y frío… ¿En Madrid llueve?

—Llueve…

Sus ojos parecieron recuperar definitivamente el aire cálido del primer momento y me animaron un poco.

A medida que el coche avanzaba, una extraña expectación se apoderaba de mí, como si cada vez estuviese más cerca de algún hecho crucial. Delante de nosotros, un autobús rojo de dos pisos, con la parte de arriba descapotable, bordeaba la rotonda despacio. Tomás lo siguió y entramos en una avenida llamada Santa María de la Alhambra…

Recuerdo que, en ese punto, pensé que es esta ciudad la que ejerce un influjo extraño sobre mi estado de ánimo. Y lo sigo pensando, aunque no es solo eso…

Encontrar la razón de éste sentimiento es una de mis prioridades.

—¿Cómo supo de mí? —me miró desconcertado, como si no entendiese— ¿Quién le dio mi teléfono…? —insistí.

Pareció pensar un momento antes de asentir, mientras cambiaba de marcha con un crujido de la caja de cambios. La pendiente de la calle se hacía cada vez más inclinada hacia abajo. El paisaje estaba plagado de olivos y, a lo lejos, un grupo de cipreses remontaba las tapias blancas de lo que parecía un campo santo. Tomás cogió la dirección del Camino Viejo del Cementerio e, inmediatamente, habló y habló como si hubiese estado esperando mi pregunta desde el momento de nuestro encuentro. Supuse que efectivamente habría sido así, porque sus manos se relajaron sobre el volante y la conducción se convirtió en algo mecánico, aunque puede que esto sólo significase que conoce el barrio a la perfección, después de todo es el suyo. De todas formas, tuve la sensación de que había ensayado su discurso mentalmente más de una vez, procurando que su relato mantuviese cierto orden y coherencia…

Y me contó que un amigo de su hija trabaja en el Ideal, uno de los periódicos locales, y que fue este chico el que los ayudó a llegar hasta mí. Después, se perdió en alabanzas innecesarias hacia el periodista, al parecer, vecino también del barrio y un buen partido para su hija, según se desprendía de las palabras de Tomás. Pero ésta parte del relato ya no me interesaba. Yo me había quedado en las primeras frases. Mi duda aún no estaba resuelta. Cualquier persona medianamente atenta a los medios de comunicación podría estar al tanto de los casos que he resuelto, pero eso no quiere decir que cada uno de ellos tenga en su agenda mi número de teléfono…

—Sí, pero, ¿Dónde consiguió ese chico mi número…?

Tomás interrumpió bruscamente el hilo de sus pensamientos y me miró desconcertado, disminuyendo inconscientemente la velocidad del vehículo como si intentase con ese gesto ralentizar también la hiperactividad de su propio cerebro.

—No estoy seguro —se rascó la calva a la altura de la frente—, pero me dijo que usted trabaja con otra persona, con su… pareja, en realidad —ahora parecía azarado—. Y la verdad es que había reservado habitación para dos en el hotel…

Yo también quedé un tanto sorprendida. ¿Podía haber alguien tan interesado en nosotros como para saber tanto de nuestras vidas…?

—Sí, habitualmente trabajamos juntos, pero ésta vez no ha podido ser. Mikel tenía cosas que hacer…

—¿Mikel…?

Sus ojos relampaguearon como si en su memoria se hubiese hecho la luz inesperadamente.

—Mikel Aróstegui…

—Sí, ese es el nombre que me dio Javier, el amigo de mi hija, sin duda.

—¿Cómo…?

No me lo podía creer. No me lo creo ahora. Todavía no he llamado a Mikel ni pienso hacerlo por el momento.

—Javier me explicó que había dejado el teléfono como referencia unos meses atrás en la sección de sucesos, para que lo mantuviesen informado de las desapariciones y ese tipo de hechos… Bueno, usted sabrá mejor que yo su propia forma de trabajar…

—Sí, claro…

No puedo explicar lo que sentí, después de todos los reproches que he soportado por su parte desde el viernes. Pero conseguí mantener a raya mi ira y sigo en el intento. Sé que todo será diferente cuando oiga su voz al otro lado del teléfono… Hasta entonces me limito a guardar unas cuantas preguntas en mi agenda mental: ¿Cuántas más cosas habrá hecho a mis espaldas? ¿Por qué dio mi número sin consultarme antes…? ¿Acaso no recordaba que en Granada tenían referencias nuestras? ¿Por qué le extrañó tanto, entonces, que Tomás se pusiese en contacto conmigo…?

El paisaje cambiaba de manera ostensible a medida que avanzábamos por entre un entramado de calles antiguas, vetustas, delimitadas ahora por hileras de parterres, apretados y espesos, muy bien cuidados, a ambos lados de la calzada. A nuestro alrededor, los olivares habían dado paso a un bosque espeso, agreste y misterioso, y el aire olía diferente, como a hierba humedecida por el agua de algún arroyo no muy lejano. No sé por qué, pero un sentimiento de urgencia irreprimible también creció en mi interior y no me costó demasiado relegar la cuestión de Mikel a otro momento. Creo que Tomás notó mi cambio de expresión aunque, desde luego, lo malinterpretó.

—No estamos muy lejos de la Alhambra ¿La conoce…? —me miró y asintió con una sonrisa cuando yo negaba en silencio—. Buscaremos un hueco para que pueda verla.

Después giró a la izquierda y siguió aminorando la marcha hasta casi detener el coche, pendiente de mis reacciones.

Mis cinco sentidos, en aquel momento, estaban en el castillo almenado, pintado de color ladrillo viejo, que se alzaba majestuoso frente a nosotros. Las ventanas coronadas de arcos mozárabes le daban un aspecto peculiar, aunque no era aquello exactamente lo que me llamaba la atención. El cielo había adquirido una tonalidad de gris oscuro tenebrosa, sobre todo hacia mi derecha, a la izquierda del castillo, y sentí el extraño impulso de salir del coche y llegar hasta el foco negruzco de los nubarrones…

—Éste es el hotel Alhambra Palace. Hacia el otro lado tiene unas vistas increíbles —me miró apesadumbrado, deteniendo por completo la marcha del coche junto al arcén—, quizá hubiese preferido alojarse en él…

—Oh, no, el alojamiento me da igual…

De repente, una bandada de palomas surgió del lateral del hotel, batiendo sus alas y sacando astillas plateadas del aire al son de las campanadas estridentes provenientes de algún lugar invisible, pero muy cercano. Sentí que el corazón me latía en la garganta y apreté mi pecho con ambas manos, inconscientemente.

Tomás puso en marcha el coche, dedicando una sonrisa condescendiente a mi gesto. Esperó a que el escándalo cesase y después templó el aire con su cálida voz azulada.

—No se asuste, las campanadas provienen de la parroquia de san Cecilio, que está justo debajo del hotel, al otro lado del monte. Creo que acaba de empezar la misa de doce.

Suspiré aliviada, pero sin perder de vista las maniobras de Tomás. Era evidente que pensaba torcer hacia la izquierda.

—¿No podemos ir por allí…? —señalé hacia el punto donde los nubarrones eran más oscuros.

—Podríamos —sonrió burlón—, pero tendríamos que seguir andando. Nuestra dirección sería por la parte de la izquierda, donde están los escalones, aunque, sí que llegaríamos al mismo punto y ganando tiempo, además…

A la derecha del hotel, la calle se bifurcaba extrañamente en dos empinadas cuestas, una hacia arriba y otra hacia abajo, que yo vislumbré sólo de pasada porque mis ojos seguían clavados en la bajada de escalones de empedrado árabe de la calle opuesta, aunque, a estas alturas del camino ya sabía perfectamente la dirección que debíamos tomar. Por la pendiente que subía, un microbus rojo circulaba despacio, pegado a la tapia de piedra pintada de blanco, a su derecha. A nosotros nos correspondía bajar por la otra pendiente, y Tomás no tardó en maniobrar como yo esperaba, haciendo desaparecer completamente el círculo de nubes negras que coronaba algún punto desconocido de la otra vía, ya detrás de nosotros.

—Y ésta es la cuesta del Caidero, pero nosotros la llamamos…

—La cremallera.

Tomás me miró sorprendido.

—¿Y sabe por qué…?

Tragué saliva y después me limité a describir el extraño dibujo que se mantenía perfectamente definido en mi pensamiento. Me pareció un trabajo hecho a plumilla con una perspectiva extraña, exagerada, como si intentase subrayar la dificultad del camino, o como si ese camino representase una senda diferente. En cualquier caso, estaba segura de no haber visto nunca nada parecido, aunque ese dibujo perteneciese al archivo de mi propia memoria…

—Porque las vías tenían por aquí unos enganches especiales, para que el tranvía no se deslizase cuesta abajo, que le daban aspecto de cremallera.

—¡Eso es! —sus ojos parecían los de un profesor satisfecho de su alumna— ¿Siempre se documenta así cuando viaja a una ciudad…?

—No exactamente…

Balanceó la cabeza, satisfecho, y se ocupó de enriquecer un poquito más mi conocimiento.

—Es una pena, la mitad del encanto de la ciudad se fue cuando desapareció el tranvía, y la otra mitad cuando prohibieron los carruajes de caballos… No hemos tenido suerte con los administradores del Ayuntamiento en muchas, muchísimas décadas…

Sus palabras me devolvieron a la realidad en la medida de lo posible, porque aún ahora no estoy segura de tener los pies sobre el planeta Tierra, sobre todo, teniendo en cuenta lo que ocurrió poco después…

—Ahora están construyendo el Metropolitano, pero no será lo mismo. Las modernidades no le van a una ciudad como Granada…

Después de una nueva curva hacia la derecha, la calle derivó por fin a un plano horizontal, al menos en la dirección que nosotros debíamos tomar, porque hacia la izquierda la pendiente continuaba, y su inclinación seguía siendo exagerada. Se me ocurrió que no debía ser fácil desplazarse en una ciudad como ésta, aunque los transeúntes ascendían a pie por las aceras empujados, sin duda, por la fuerza de la costumbre.

—¿No debería haber alquilado un coche…?

—¡Oh, de ninguna manera…! —el suyo volvía a reducir la marcha—. Eso en Granada sólo trae complicaciones, créame. Estamos prácticamente en el centro y la ciudad es pequeña. A no ser que quiera desplazarse a algún barrio del cinturón, en cuyo caso, yo le llevaré con mucho gusto —abrió ambos brazos, abarcando el cubículo interior, a la vez que se detenía completamente—. Perdone un momento…

Sólo habíamos avanzado unos cincuenta metros desde la entrada de la calle Molinos y nuestra parada interrumpía el paso de los demás en la estrecha calzada. Tomás salió pidiendo paciencia al conductor de atrás con su mano izquierda abierta hacia él y con la derecha hurgando inquieta en el bolsillo del pantalón. Ya en la acera de enfrente, abrió hacia arriba el cierre metálico de un local que hacía las veces de cochera y volvió a entrar en el coche inmediatamente.

Sus golpes de volante eran rápidos y cabales, guiados por la habilidad que da la costumbre.

—Mi casa es reformada, aunque de construcción vieja. No tiene cochera… Pero ya estamos cerca, tanto de ella como del hotel.

Salí del coche en cuanto se detuvo, ansiosa por formar parte de la vida de esta calle que todavía bulle junto a mí, al otro lado de la ventana de mi habitación. El día estaba tan gris como ahora, incluso ha llovido un par de veces. Gotas gruesas de lluvia furiosa arrastrada por un viento fuerte, pero cálido. Los truenos se oyen lejanos, cerca de la sierra, quizá, pero apenas reparo en ellos. Como tampoco lo hice en el momento de poner mis pies en la acera de la calle Molinos, tan desconocida como entrañablemente amiga. Estaba demasiado ocupada en descubrir la razón por la que los olores resultaban tan familiares a mi alrededor, hasta el punto de creer reconocerlos. Cerré los ojos y aspiré profundamente, reparando en cada uno de los matices que traía el aire. Y, mezclados con el olor a tierra mojada, capté el aroma a jazmín y rosas proveniente del otro lado de la calle, monte arriba. Miré en aquella dirección y vi un grupo de casas ajardinadas que formaban una especie de urbanización e, inmediatamente después, me pareció recordar a un grupo de niños —que ya no lo son— retozando por entre un entramado de calles de escaleras empinadas, delimitadas por verjas y tapias por las que se adivinaban jardines primorosamente cuidados. Entre la chiquillería había tres niñas sentadas en el último escalón de una calle sin salida. Una de ellas garabateaba en un bloc, ajena a los cuchicheos de las otras dos…

—Parece que le gusta esto…

Tomás me miraba expectante, mientras se rascaba la calva incipiente, y el destello dulce de sus ojos me devolvió definitivamente el sentimiento entrañable hacia él que se apoderó de mí en el momento en que oí su voz por primera vez.

—¿Qué es aquello? —señalé hacia el monte, frente a mí.

—Son “los hotelitos de Belén” ¿Le gustan?

—No podría explicarle lo que siento —lo miré apenas antes de comenzar a caminar en dirección contraria a la pendiente—. Es como si ya hubiese estado aquí…

Ajustó su paso al mío y suspiró satisfecho.

—Bueno, me alegro de que se sienta bien entre nosotros. Estoy seguro de que las chicas también se alegrarán de conocerla.

—¿Las chicas…?

Tomás sacó un cigarrillo del bolsillo interior de la chaqueta y lo encendió en el hueco de su mano izquierda, al abrigo del viento.

—Me refiero a Elvira, mi mujer, y a Dai, mi hija…

De repente caí en la cuenta de que había olvidado la razón que me ha traído hasta aquí y me sentí culpable, confusa. Desde que llegué esta mañana no he tenido ni una sola sensación relacionada con la chica perdida y, por otra parte, ni siquiera estaba segura de poder hacer nada por ella. La fotografía del diario, la que vimos Mikel y yo hace unos días, apenas me dijo nada, excepto que es una chica de personalidad débil e insegura, protegida desde pequeña por alguien muy superior en cuanto a personalidad…

—¿Quién es Dai…? Creí que solo tenía una hija…

Tomás me miró desconcertado, dio una calada a su cigarrillo y después detuvo mi paso, agarrándome por el brazo con suavidad.

—Tiene razón, apenas hemos hablado y será mejor que lo hagamos antes de llegar a casa…

Empujó la puerta acristalada que tenía a la izquierda y del interior del local escapó el aroma a freidora hirviente y cerveza añeja.

—La verdad es que no estoy seguro de cómo se tomará esto mi hija, teniendo en cuenta de que ni siquiera la hemos puesto al corriente de su llegada.

—¿Por qué no?

El local no estaba muy lleno y parecía un lugar agradable. Tomás me indicó la mesa más alejada de la barra y se dirigió al camarero con familiaridad. Pidió dos cañas sin preguntar qué me apetecía tomar y sacó el paquete de tabaco de la chaqueta que se acababa de quitar y ahora colgaba con esmero en el respaldo del asiento.

En mangas de camisa parecía más delgado, más pequeño. Sus patillas canosas refulgían a la luz tenue que atravesaba la cristalera, frente a nosotros, y un leve temblor se apoderó de él mientras apagaba el cigarrillo en el cenicero impoluto.

—Verá, Diana es una chica especial, un torbellino. Ella tiene una personalidad muy fuerte y siempre ha protegido inconscientemente a su hermana que, por cierto, es todo lo contrario…

Me pareció que el tinte azul de su aliento se ensombrecía, mientras me hablaba y observaba mi reacción a la vez. Yo me limité a coger el vaso helado de las manos del camarero y a asentir en silencio. Necesitaba escuchar su exposición hasta el final. Estaba segura de que era, precisamente, lo que estaba esperando. La explicación que necesitaba, por fin.

Y a medida que Tomás describía la exultante personalidad de Dai, comprendí que es ella, no puede ser de otra forma, la que se ha apoderado de mi mente de algún modo.

—Sé que la obligación de su madre y la mía —continuaba Tomás, cada vez más nervioso— era haberla puesto al corriente de todo antes de su llegada, pero temíamos que su reacción nos obligase a abandonar la idea de pedir su ayuda… —bebió la mitad de su cerveza de dos angustiosos sorbos— Y nosotros estamos desesperados. No podemos explicarnos qué ha podido pasar a Paloma, y la policía no tiene más idea, en realidad, ni siquiera saben por donde empezar. Por otro lado, Paloma no está bien. Necesita sus antidepresivos y cada día que pasa la situación empeora. ¿Entiende…?

—Sí, no se preocupe, lo entiendo perfectamente —de repente, las preguntas se agolpaban en mi pensamiento— ¿Cómo es que una chica que padece de depresión severa reparte pizzas en moto?

Creo que aquella era la primera vez que reparaba en la identidad de Paloma, el momento en que tuve conciencia de ella como persona…

—Paloma nunca ha padecido agorafobia, ni ha sentido miedo hacia la gente… Yo diría que, en realidad, sólo la atemoriza una cosa: ella misma. Es como si estuviese convencida de que no es capaz de seguir el ritmo de los demás. Sin embargo, fíjese usted, Dai ha puesto buen cuidado desde pequeña en ir contra corriente —apura su vaso y hace una señal al camarero. Éste entiende al instante—. El caso es que, hace un año, aceptó ese trabajo y a su médico le pareció buena idea… Eran otros tiempos. Mi hija parecía feliz y Elvira y yo pensábamos sinceramente que estaba en el camino para superar su problema. Pero Marta murió…

—¿Marta…?

De repente, mi mente se llenó de parterres abandonados y naranjos agonizantes, o quizá sólo fue efecto de la cerveza y la extraña mañana. Carraspeé discretamente e intenté distraer mi mente con el movimiento de la calle.

—Sí, era su amiga, su confidente… Qué sé yo. Se podría decir que compartían la vida siempre que tenían oportunidad —advertí un destello en sus ojos que no alcancé a comprender en ese momento—. Cuando la chica decidió estudiar en Madrid, a Paloma casi le cuesta un enfermedad, pero después se hizo a la idea y se acostumbró a verla sólo los fines de semana…

Atacó su nueva cerveza y después miró con atención el resto del líquido ambarino.

—¿Cómo murió?

—Oh, era una chica enfermiza y desgraciada, aunque un encanto de criatura. Pertenecía a una de las familias más ricas del barrio, pero esto no pareció servirle de nada —jugueteaba con el paquete de cigarrillos como si dudase pero, finalmente, tiró de uno de los filtros ocres hacia fuera—. En pocos años perdió a todos los miembros de su familia en extrañas circunstancias, hasta que sólo quedaron su hermano y ella —se rascaba la nariz mientras exhalaba el humo hacia el techo—. Marta era diabética. Hace dos meses se inyectó la insulina dos veces seguidas por error y después fue a darse un baño…

Me miró con la fatalidad derramándosele por los ojos.

—¿Y…?

—Al día siguiente, Paloma la encontró ahogada en el interior de su bañera…

—¡Jesús!

—Sí, lo mismo pienso… Tuvo que ser precisamente mi hija…

Se rasca la calva como si intentase así desprender algún mal pensamiento de su mente.

—Y, desde entonces, el empeño de Dai por protegerla se convirtió en una obsesión. Creo que, de alguna manera, se siente culpable de lo ocurrido. De ahí su celo en todo lo relativo al asunto…

—No debe preocuparse por eso, no habrá problemas cuando nos enfrentemos.

—Usted no la conoce. No sabe de lo que es capaz…

—Sí la conozco, créame.

—¿Cómo…?

Me miró desconcertado.

—Oiga, me llamó por mi capacidad de ver en donde los demás no pueden hacerlo ¿no es cierto…? —asintió en silencio y yo le guiñé un ojo en un estúpido intento de aliviar su tensión—. Pues confíe en mí, pero no me pida que le explique cómo hago esto, porque ni yo misma lo sé…

Suspiró con resignación y sacó unas monedas de su bolsillo.

—De acuerdo, en ese caso nos enfrentaremos juntos a Diana Ruiz.

Durante el resto del camino, la conversación derivó hacia otras cuestiones más prácticas.

Tomás me explicó que me llevaría la maleta al hotel con mucho gusto, pero más tarde, porque que antes quería que viese el cuarto donde duerme la chica.

—Bueno, yo no sé muy bien como son estas cosas, pero he visto películas…

Me miró abrumado por su propia ocurrencia.

—No se preocupe —le tranquilicé—. Sí, es necesario que entre en contacto con el lugar donde ella se desenvuelve habitualmente, y con los objetos de su propiedad… En cierto modo, es como en las películas.

Mi sonrisa no le sirvió casi para nada. Creo que Tomás no sabe qué pensar respecto a su propia decisión de requerir mi presencia… Lo cual me llevaba directamente a su mujer… En unos minutos comprendería que mi pálpito era cabal.

En fin, decidí que debía ser yo la que aliviase éste nuevo punto de fricción.

—¿Y dice que el hotel no está lejos?

—Desde luego que no. A dos minutos de casa, en realidad. Aunque la razón de que haya elegido éste no ha sido la cercanía, sino el hecho de que mi mejor amigo es conserje allí y hará que se sienta como en su propia casa, estoy seguro —ahora me miraba satisfecho de sí mismo—. Pero, debe saber que ese hotel tiene una particularidad: es el más estrecho del mundo y así consta en el “libro guiness de los records”…

Me habló tan seriamente de ésta curiosidad que no supe realmente qué contestar, así que, me limité a hacer un gesto de admiración muy poco convincente, me temo…

Aunque, a éstas alturas ya nada importaba. Sólo el hecho de que bajábamos por una cuesta de escalones no muy larga, y la calle que se veía al fondo era la nuestra. No necesitaba la información de Tomás para estar segura de ello.

Mi impaciencia se convirtió en angustia cuando, al fin, torcimos a la derecha en la calle Santiago, y las palabras de Tomás perdieron el sentido para mí. Apenas era consciente de nada que no fuesen los edificios que íbamos dejando atrás en nuestro camino. Estaba casi segura de que sería capaz de reconocer el domicilio de Tomás por mí misma… ¿Estaría ella allí? Ni siquiera sabía si vivía con sus padres y era un detalle muy importante para mí. De repente, comprendí que aquella chica volvía a absorber completamente mi interés, que se convertía —una vez más— en el motor principal de mis sensaciones y relegaba a un segundo plano a Paloma, la única razón de mi traslado hasta Granada, después de todo. Pero esto es algo que todavía no puedo evitar del todo…

—¿Dai vive con ustedes?

Tomás me miró desconcertado. Creo que le cuesta reaccionar cuando interrumpen el hilo de sus pensamientos. Es del tipo de hombres incapaz de llevar dos temas de conversación a un tiempo.

—Si, claro, vive con nosotros. Sólo tiene dos años más que Paloma, veinticuatro, y ninguna intención de marcharse de casa, se lo aseguro —me pareció que decía aquello con cierto pesar aunque, no mucho después, comprendí que la razón de su ansiedad era otra bien diferente—. Ella sólo le pide a la vida cierta libertad y tiempo para su pintura. Con nosotros está servida de ambos privilegios…

—¿Pinta?

—Sí ¿por qué?

—Es curioso, mi hermana también pinta…

Lo que para mí era todo un hallazgo, no pareció impresionar en absoluto a Tomás. Se limitó a encogerse levemente de hombros y contestar lo primero que se le vino a la mente.

—Sí, qué casualidad…

Yo no creo que lo sea. Y en aquel momento tuve un extraño pálpito, aunque, nos acercábamos a un edificio blanco —con la verja del portal de hierro forjado, delante del cristal— que me hizo olvidar el resto del mundo…

Habíamos llegado.

La causa de mi extraño desasosiego desde el viernes por la mañana vivía tres pisos más arriba, al final de una escalera desvencijada y con las baldas sueltas, que parecía haberse librado de la reforma de la que hablara Tomás momentos antes. Los escalones tenían una altura considerable y mi anfitrión resollaba detrás de mí, intentando seguir mi ritmo. Tuve que hacer un enorme esfuerzo para reprimir la ansiedad.

Después, la puerta de mis sensaciones quedó abierta de par en par y Elvira, desde la oscuridad acogedora y envolvente, puso a prueba su hospitalidad deshaciéndose en elogios de color naranja hacia mí y ofreciéndome todo tipo de servicios: comida, bebida, la ducha… Pero yo estaba ansiosa por salvar los escasos siete metros que me separaban de mi objetivo, en el otro extremo del oscuro pasillo, y apenas era consciente de sus palabras, aunque, sí lo suficiente para advertir que mi impresión era correcta: es a Elvira a quien debo el hecho de encontrarme aquí en estos momentos. Tras unas cuantas evasivas por mi parte, la mujer de Tomás pareció comprender y me condujo hacia el cuarto de las chicas, porque las dos duermen en la misma habitación. Empujó suavemente la puerta entornada y una vaharada de complicidad y entendimiento se apoderó súbitamente de mi espíritu y me infundió seguridad, a la vez que me convencía de lo que ya sospechaba: que no estoy aquí por decisión propia, que la vida es extraña y está cargada de razones que jamás llegaremos a comprender…




Mientras caminábamos a lo largo del pasillo me extrañó ver un corredor tan largo sin puertas, pero entendí la razón en cuanto entré en la estancia de las chicas. Es enorme, dividida en la justa mitad por un biombo traslúcido salpicado de motivos chinos, y en el suelo, por debajo del separador, una franja de mármol negro cubre la zona donde alguna vez se alzaba un tabique.

—Después de la última crisis seria de Paloma, nos pareció que sería mejor que estuviesen juntas y decidimos unir las habitaciones…

Explicaba Tomás a mis espaldas. Sin embargo, ya no quería información a éstas alturas. No la necesitaba. Mi mente sufría una conmoción de ideas, como siempre que las sensaciones acuden en tropel, desordenadas y dispares. Aunque ésta vez me pareció que el sentimiento era claro: a mi derecha tenía una escenificación de la libertad exacerbada e impuesta con que Dai dirige su vida. La cama revuelta, los libros amontonados y los bocetos desperdigados por todas partes me mostraban el caos aparentemente elegido, libertario y deliberadamente anarquista que mueve el pensamiento de Diana. Pero solo en apariencia. La chica es esclava de sus propios impulsos. A menudo piensa que debería conducirse de otra forma. Ella es consciente de que tendrá que construirse una vida tarde o temprano, pero tiene miedo. La atemoriza la idea de formar parte de la maquinaria social porque teme que su genio decida quedarse al margen de tan denigrante entramado. La pintura es su vida las veinticuatro horas del día. No está dispuesta a dedicar un solo minuto a otra cosa…

No es como mi hermana, al menos, no en ese sentido. Pati piensa que una economía saneada es primordial y no le importa juguetear con la maquinaria social, al contrario, yo diría que incluso le divierte, y ha sabido jugar con estos dos factores para conseguir su propósito… Pero éste camino resultaría demasiado difícil y intrincado para Dai. Ella piensa que el dinero es algo ficticio, perfectamente prescindible. Es una bohemia integral…

A mi izquierda, por el contrario, estaba la represión libre y calculada. Tomás lleva razón: Paloma tiene miedo de sí misma.

Los estantes de su lado estaban perfectamente ordenados y no necesité acercarme a ellos para poder asegurar que los libros permanecían clasificados bajo algún criterio, al igual que toda la serie de objetos que saltaban a mi vista, variopintos y desiguales, pero jugando con el espacio y la estética. Estoy segura de que si Paloma se dejase llevar por la vehemencia de sus sentimientos sería tan genial como su hermana, pero le falta la inconsciencia de ésta. Paloma es excesivamente prudente, y no sale de casa por la mañana sin antes recordar que debe actuar con sensatez y no hacer nada que no hiciesen los demás…

Me siento más cerca de Paloma, pero me temo que ninguna de las dos estamos demasiado satisfechas con nosotras mismas. De ahí nuestra admiración por la intrépida Dai…

De repente, sentí que necesitaba adentrarme en el corazón de la hermana pequeña, saber de ella. Me dirigí hacia la librería y dejé que mis dedos se deslizasen por los lomos gastados de las novelas. La mayoría eran de bolsillo, muchas prestadas, lo notaba en su tacto diferente, ajeno. Y, entre éstas últimas, una especialmente manoseada me llamó poderosamente la atención. Tiré de ella y me encontré con una novelita de ciencia ficción de Andre Norton. Nunca he leído nada de ella, aunque creo que Pati sí tiene algunas en su catálogo particular, y más de una vez me he sentido tentada a abordar alguna de estas historias pero, francamente, la ciencia ficción no me llama especialmente la atención…

Ésta en particular, parecía adquirida en una librería de viejo, no hacía falta ser demasiado sagaz para darse cuenta de ello, su estado era lamentable. Pero por alguna razón estaba cargada de la energía de Paloma. Cuando la abrí al azar, un halo grisáceo, débil pero brillante, se desprendió de sus hojas y me habló de la chica. La vi en algún lugar en penumbra, sentí su miedo y me tragué su angustia a pequeños sorbos agridulces con sabor a zumo de naranja… Y, sobre todo, sentí frío. Un frío húmedo y rotundo, a pesar del peso de la manta que notaba sobre mis hombros… Después, sólo las hojas amarillentas salpicadas de frases escritas con letra diminuta temblaban débilmente ante mis ojos…

Bien, era una buena noticia. Si yo sentía, ella vivía…

Apreté el libro contra mi pecho, para reprimir el creciente temblor de mis dedos, y me enfrenté a los rostros cariacontecidos de Tomás y Elvira, todavía inmóviles junto a la puerta, con el gesto contraído en una mueca extraña y conteniendo la respiración.

Este momento siempre es difícil para mí, porque ni siquiera yo puedo estar segura de mis propias impresiones, y la posibilidad del error es siempre un riesgo latente aunque los familiares no siempre lo entiendan. En momentos desesperados es una reacción natural buscar un culpable para nuestra desgracia, aunque éste resulte ser completamente ajeno a ella…

—¿Puedo llevarme este libro al hotel…?

—Naturalmente —Tomás respondió y posó sus manos sobre los hombros de Elvira—. Dígame, ¿qué le parece…?

Tragué saliva y me dispuse a dar esperanza a dos personas desesperadas basándome en las impresiones de mi mente dispersa… No resulta fácil.

—Creo que es pronto, pero yo juraría que está viva.

Elvira tapó su boca con ambas manos, y un gritito de color anaranjado escapó por entre sus dedos.

Tomás volvió a hablar.

—¿Dónde?

—No lo sé. Tendré que volver con más tranquilidad, cuando me encuentre más descansada…

—Desde luego, no se preocupe…

—Ahora me gustaría reposar un rato en el hotel. Quiero mirar este libro atentamente…

Bueno, estas cosas me apabullan y me desconciertan a partes iguales cuando ocurren. Nunca estoy segura de que puedan volver a pasar y no sé si creérmelo cuando llegan. Yo misma no consigo dejar de pensar que soy una chiflada, así que, nunca discuto los escepticismos y las medias sonrisas a mi alrededor. Procuro ignorarlas sin más. Aunque, no fue éste el caso. En realidad, la pareja quedó tan consternada que sentí una conmiseración indefinible hacia ellos.

Y, con la misma urgencia que necesité para entrar en la estancia, ahora el cuerpo me pedía abandonarla. El cansancio se cernió sobre mí de repente, sin previo aviso, y tuve la seguridad de que si permanecía allí medio minuto más me desvanecería sin remedio.

—¿Se encuentra bien?

Tomás hizo el amago de salir a mi encuentro, pero reaccionó demasiado tarde. Yo ya había atravesado el umbral prácticamente a la carrera y me encontraba en el pasillo, apoyada en la pared y con la respiración entrecortada.

—Sí, no se preocupe… ¿podemos irnos ya…?

—Claro que sí, cuando usted quiera.

Respiré hondo y me dirigí hacia la puerta con un sentimiento extraño agarrado al pecho.

Por fin había encontrado a la chica perdida dentro de mí y ahora tenía miedo de volver a extraviarla si me alejaba de la casa, aunque, por otro lado, tenía la seguridad de que eso era lo mejor que podía pasarme… Paloma está escondida, aterrada, y su miedo es de una naturaleza extraña… Creo que en ese momento sentí temor por primera vez desde el viernes pasado por la mañana.

—Pero Angie —la voz anaranjada de Elvira reverberó trémula en las paredes prácticamente desnudas del pasillo— ¿No prefiere quedarse a comer con nosotros…?

—Gracias, pero estoy demasiado cansada…

Era cierto, pero además necesitaba ver la luz del día una vez más. Sentir el aire en la cara aunque sólo fuese durante el trayecto hacia el hotel. La imagen que me devolvía el espejo de la entrada no me gustaba en absoluto. Las ojeras enmarcaban los ojos y les daban un aspecto triste y funesto que yo conocía demasiado bien de pasados períodos de angustia. Ésta es la parte que aún no consigo controlar: mi propio desgaste…

Aparté los ojos del cristal bruscamente y abrí la puerta de la calle con urgencia…

Después, no moví un solo músculo. No podía hacerlo. Ella estaba allí obstaculizando la entrada, acuclillada en el suelo y mirando fijamente mis pies. Pero apenas tardó unos segundos en reaccionar y erguirse con agilidad felina para estudiar atentamente y de cerca a la intrusa.

Sentí sus ojos inquisidores recorrer mi cuerpo hasta que consiguieron alinearse con los míos. Estábamos a un metro escaso la una de la otra cuando sus iris de miel entraron en contacto con mis propias pupilas, y en ese instante me pareció entender muchas cosas, como que es ella la que modifica mis capacidades y hasta mi forma de sentir…

¿Debería inquietarme, al menos, por ello…?

El aura violeta con tintes rojizos de su pelo encrespado movía el aire a mi alrededor y me hablaba de ella sin necesidad de palabras, pero creo que fui la primera en decir “hola” y ella siguió la dirección de mi aliento hasta que escapó de su campo de visión por detrás de su nuca. La voz de Elvira sonó trémula en algún lugar, no muy lejos de mí, pero creo que ninguna de las dos la tuvimos en cuenta. Ahora le tocaba hablar a Dai y lo hizo con descaro, adelantando su mentón desafiante hacia mí, aunque sin poder ocultar su curiosidad. La sensación fue indescriptible. Todavía noto el cosquilleo brillante de su voz en mis oídos.

—¿Eres policía?

Dos bucles negros y húmedos empapaban su frente despejada.

—No, solo vengo a ayudar…

—¿Y qué quiere decir eso…?

Creo que las dos éramos conscientes de que el intercambio de palabras no era más que eso, un trueque, como una corroboración de nuestro verdadero diálogo, el que se producía con el resto de los sentidos. El tacto, el olfato, e incluso el gusto me aportaban información sobre la chica que tenía enfrente y estaba segura de que la sensación era recíproca. Esto me tranquilizó un poco. Creo que no se trata de una posesión sino de un intercambio, y pienso que ella siente lo mismo. La pregunta es, ¿qué puedo aportar yo a Dai…? O, tal vez, ¿es esto lo que he venido a buscar, una sustituta de Pati…?

Bueno, me sentía tan confusa que olvidé su pregunta, pero tampoco ella parecía estar esperando una respuesta.

Señaló mi rostro con el llavero y buscó con la mirada un hueco por donde penetrar en el pasillo. Yo me aparté a un lado con cierto fastidio…

—Cuídate, te va a doler la cabeza —me dijo.

Yo me volví hacia ella, desconcertada, pero ya sólo pude distinguir un leve destello de su melena.

—No te asustes, es que lo he visto en tus ojos, solo eso.

—Vale, lo tendré en cuenta.

Su voz y su presencia desaparecieron de escena dejándome con un montón de dudas. Me sentía aturdida, incapaz de seguir pensando con claridad. Supongo que han sido demasiadas emociones para un solo día. Así que, decidí dejarlo estar, después de todo, ha sido una mañana más que completa. Cuando salimos a la calle Santiago de nuevo, mi conocimiento del caso se había multiplicado por mil si lo comparaba con lo que sabía en el momento de coger el avión en Madrid. Pensé que era el momento de meditar en la tranquilidad del hotel y me dispuse a hacerlo, aunque, ni siquiera fui capaz de empezar el menú que, tan amablemente, subió el propio conserje a mi habitación. El dolor de cabeza vino de improviso y caí derrotada en la cama hasta las siete de la tarde, momento en que el teléfono ha interrumpido mi reposo.

—Angie, soy Tomás. ¿Se encuentra bien…?

—Sí, lo siento, me quedé dormida…

—Oh, nada de eso, es natural si estaba cansada… —carraspeó suavemente— Sólo quería decirle que Dai le llevará la maleta en un ratito. ¿Le viene bien…?

¡Desde luego que me viene bien!

He tragado en un instante todo lo aprovechable de la comida y ahora estoy en la ventana, esperando al platillo que le falta a la balanza de mi espíritu. Quien sabe, quizá ella pueda ayudarme con mi nueva angustia….

Cojo la novelita del escritorio y vuelvo a leer la contraportada: “…sus personajes principales siempre son espers…”



6 comentarios:

Gissel Escudero dijo...

Te sigo, amiga :-)

G.

irlandaherrero dijo...

Gracias, Gissel.
Feliz!!

Mª José dijo...

Me recorrí este ultimo capitulo y casi me arrepiento, porque ahora quiero mas, me siento con las alas cortadas con el continuará..., claro que lo bueno si es breve dos veces bueno.
El saber lo que esconde ese libro, ese esperado encuentro y dialogo con Dai, esas pinturas y esos colores.
Ufffff,¡Que continúe ya!, te lo dice tu seguidora por siempre fiel.

carmeloti dijo...

Benditas sean esas percepciones de una realidad sellada y precintada a muchos ojos, como juegas con mi mente aun sin saberlo, (me)veo y (te)veo en mil y una de las frases de esta decima entrega, cuales seran los extraños hilos que teje ese mecanismo vital, que ha sido precisamente hoy cuando en mi soledad compartida he visto los platillos de balanzas...

Sublime MAESTRA

irlandaherrero dijo...

Marse, la historia se abre camino sola y esa es una buena noticia, porque va a continuar ;-)

irlandaherrero dijo...

Pues ocupa tu lugar en esos platillos, Carmen, y busquemos juntas el equilibrio!!!