9º — CLAUDIA
(a Marse)

La tarde se tiñe de gris a medida que mis pies se adentran en Fuencarral a paso lento pero inexorable. Percibo cierto calor humano alrededor y cómo los retazos de frases inconexas, sin sentido, resbalan por los bordes de mis pabellones auditivos, aunque no alcanzan a penetrar en mi entendimiento. Ni siquiera consiguen arañar mi curiosidad. Apenas soy consciente de nada porque la bruma densa y gris sigue embotándome el cerebro y convierte mi angustia de esta mañana en impaciencia desmedida desde el preciso instante en que vi a la rubia en el puesto del rastro.

No sé lo que espero ni entiendo la razón que me mueve a semejante locura, pero tengo la certeza de que ella posee la clave para descifrar la pesadilla, inconexa y absurda, que martillea mi pensamiento. Todo esto es irracional, lo sé, pero siento que fue su mano, grácil y delicada, la que cerró la puerta que da acceso a mi cordura, la noche pasada, y sacudió después mi corazón por la mañana hasta dejarme en el estado en el que ahora me encuentro: desalentado, anonadado y febril, presa de una enfermedad extraña de origen desconocido…

Me esfuerzo en convencerme a mí mismo de que todo es un desatino transitorio, como lo es mi actitud injusta hacia Cecilia o el impulso abstruso que me lleva a la casa de mi padre una vez más, a pesar de que estoy seguro de que allí está, precisamente, el origen de esta ofuscación mía; pero el sentimiento de que perdí algo importante, vital, en algún recodo del entresijo de habitaciones lúgubres que constituyeron mi hogar infantil, se hace cada vez más fuerte, y también la necesidad de recuperar ese recuerdo, sea cual sea.

De alguna manera, entiendo que es necesario tirar del rabo de la alimaña hasta arrancarla del agujero donde se esconde para mirarla directamente al rostro, por doloroso que esto pueda resultar. Necesito respuestas. Mi vida ha transcurrido inmersa en un pozo de oscuridad y silencio, en un mar de inseguridades desconcertantes y dudas inciertas que me han incitado inconscientemente a negarme el derecho a vivir, como si no lo mereciese, como si nunca hubiese formado parte de la vida, en realidad, y me hubiese limitado a mirar el acontecer ajeno a través de una pantalla…

Y, de repente, el portal de la memoria se abre ante mí de par en par, aunque desde el vano sólo advierto oscuridad y olor a moho y carcoma, quizá porque mi vida se quedó atrapada en algún rincón polvoriento del viejo desván de mi niñez.

Sé que debo entrar y recuperar lo que perdí. Tengo que llegar hasta el ventanuco y permitir que el aire fresco limpie el ambiente y la claridad obligue a huir a la alimaña que escarba en mi cerebro con zarpas afiladas.

Es extraño, pero en este momento se me antoja que la indiferencia de mi padre, sus silencios, y esa frialdad displicente de sus ojos, sólo son el reflejo de una suerte de aversión hacia mí que no he sido capaz de discernir hasta ahora, pero… ¿por qué?

A mi alrededor la vida bulle como cada día en el Soho, aunque hoy sea domingo y los comercios permanezcan cerrados. La gente deambula en masa, sin prisa aparente, y tapona las aceras e interfiere el paso continuamente. Cuando paso por aquí, pienso invariablemente que esta calle es la menos adecuada para la consulta de un psiquiatra, aunque, no estoy seguro de que siempre haya sido así. Me parece recordar que, en alguna época, Fuencarral fue distinto, tranquilo y sosegado, pero este recuerdo forma parte de ese período oculto tras la neblina densa de mi oscura niñez.

Un grupito de chicos muy jóvenes se acerca en dirección contraria, entre risas y empujones. Van escandalosamente embadurnados de perfume para hombre y ataviados con ropajes de tendencia grunge. La combinación me parece de lo más incongruente, y no puedo evitar el detenerme un momento a observar sus andares despreocupados y estudiadamente indiferentes, en dirección a Malasaña.

El pensamiento vuela inconscientemente hacia mi propia adolescencia, pero no encuentro en ella ningún vestigio del narcisismo o la excentricidad propios de la edad. Creo que mi juventud transcurrió constreñida, prisionera de ese sentimiento profundo de desdicha que ha dominado mi vida entera…

El edificio, vetusto y gris, se delinea con claridad paulatina a mi izquierda, y esta tarde me parece un bunker acorazado y colosal. Con la balconada frontal de hierro forjado y las ventanas de madera lustrada, tiene un aspecto señorial a la antigua, aunque sus dimensiones son excesivas, tanto en altura como en extensión, y éstas características lo hacen resaltar significativamente entre el resto de edificaciones, más modestas en todos los sentidos. Resulta imposible pasar a su lado sin levantar la vista y preguntarse si sus constructores lo hicieron destacar intencionadamente por alguna razón especial… No conozco la historia del enorme bloque, y tampoco me importa demasiado. Sólo sé que este lugar siempre se me ha antojado hostil y frío, o triste y tenebroso… no estoy seguro y, en cualquier caso, siento que es lo más alejado al concepto que tengo de hogar. Aunque, supongo que mi punto de vista resulta subjetivo y bastante injusto, o eso pensaría la mayoría de la gente, a juzgar por el magnífico portal acristalado y lujosamente ornamentado en bronce, o por los locales que lo bordean de escaparates generosamente iluminados, atractivos y tentadores… El de la derecha pertenece a una zapatería deportiva, pero no siempre fue así. En realidad, cuando pienso en esta tienda no puedo evitar que mi imaginación dibuje aquella lencería con maniquíes sin rostro y que el aire vuelva a oler, indefectiblemente, a tierra mojada, como la tarde en que un par de ojos grises esperaban mi regreso de la escuela sin parpadeos, apostados muy cerca de la muñeca exenta de pelo y vestida de lila, mirándome fijamente como si me reprochasen el hecho de estar vivo, como si calculasen el momento y la forma de estrangular mi aliento…

Cruzo la calle y remonto el único peldaño que da acceso al portal por el punto más apartado de la zapatería, rozando la cristalera opuesta y mirando con obstinación los inmensos frascos de perfume que se exhiben tras ella como si no existiese nada más importante en el mundo que esos líquidos, rosados o ambarinos, encerrados en sus recipientes esmerilados y extravagantes. Aunque es absurdo que intente engañarme a mí mismo. A medida que me acerco al portal siento que pierdo la identidad, mi envergadura y escasa prestancia se encogen y me convierto rápidamente en el niño de mirada esquiva y gesto quebradizo que fui. La cinta de cuero presiona dolorosamente en mi hombro, y noto que la parte inferior del bolso casi arrastra en el suelo, mientras mi respiración se convierte en una tarea consciente y extremadamente difícil.

Si me limitase a seguir mi impulso en este momento, sencillamente, daría media vuelta y regresaría a casa sin más. Borraría estos últimos días del pensamiento y dejaría que la vida siguiese transcurriendo tranquila hasta el final. Pero algo me dice que esto ya no es posible, que no hay vuelta atrás. Empujo el picaporte hacia abajo y me digo a mí mismo, a modo de consuelo, que nueve plantas más arriba se encuentran los ojos de añil que me harán de guía en este extraño viaje hacia la oscuridad… Un consuelo absurdo y disparatado, perfectamente acorde con el Mauri estúpido y alucinado que avanza por el pasillo hacia el ascensor con el convencimiento de que se dirige a las puertas del mismísimo averno…




Ani, la becaria de papá, abre de par en par casi inmediatamente después de llamar al timbre. Siempre lo hace así, como si estuviese esperando detrás de la puerta para sorprenderme. Y lo consigue, ésta tarde más, si cabe, porque sus deslumbrantes ojos azules horadan en la herida que abrieron en mis entrañas ésos otros, tan azules y brillantes como los suyos, aunque más profundos y audaces… De repente, soy consciente de que la misteriosa rubia puede estar a escasos metros de donde me encuentro, y también que cabe la posibilidad, de ser así, de que se disponga en estos instantes a alejarse, una vez más… Y no voy a consentirlo… Esta vez no.

—¿Qué hace mi padre…?

Avanzo por el pasillo oscuro sin esperar una respuesta, aunque oigo como Ani se apresura a cerrar y me sigue a paso ligero.

—Está en su despacho, esperándote…

Su voz, dulce y tranquila habitualmente, parece alterada esta tarde. Creo que he roto su protocolo de actuación de forma súbita y no sabe muy bien cómo reaccionar. Duda un instante y después se precipita hacia su mesa, a la izquierda, en el rincón más alejado de la sala de espera. Su mano derecha avanza hacia el interfono, pero ya es demasiado tarde. Yo toco el picaporte del despacho antes de que Ani consiga alcanzar el comunicador y me mira consternada, consciente de haber cometido un grave error. Creo que entiendo muy bien lo que siente. Seguro que está desmenuzando con angustia la frase preferida de papá: “si cometemos errores en las simplezas, somos capaces de provocar verdaderas catástrofes en las cosas importantes”.

Me dejo conmover por un sentimiento de camaradería absurdo y le guiño con complicidad antes de empujar definitivamente la puerta. Pero creo que Ani no sabe interpretar mi gesto…

Tampoco papá, parece entender nada. Cuando me mira por encima de su ostentosa mesa de despacho, lo hace con una mueca de tribulación que no forma parte de su repertorio de gestos o, al menos, resulta completamente desconocida para mí. La extraña situación llama vivamente mi atención, y observo como cierra apresuradamente el cajón abierto ante él y carraspea, visiblemente turbado, antes de dirigirme la palabra.

—Mauri, llegas antes de lo previsto…

Mira su reloj, aturdido, y se cerciora de que el cajón quedó debidamente cerrado antes de entrelazar los dedos y posarlos ceremoniosamente sobre la pulida tabla de madera oscurecida por el tiempo.

No sé qué pensar, aunque se me ocurre que la aparente ausencia de errores en sus actos y pensamientos no es más que una pose cuidadosamente estudiada, pero no exenta de intersticios por donde a veces escapa un trazo sutil capaz de delinear de manera tenue, pero precisa, algún rasgo del verdadero profesor Jiménez. La cuestión es averiguar por qué no he advertido esto antes… Y, ahora, quizá debería pensar si no intentará ocultarme algo en el interior de ese cajón, o si su embarazo tiene que ver, en realidad, con esta carnavalada que me obliga a representar cada tarde de forma incoherente y absurda. A estas alturas, sé perfectamente que su intención no es relatarme su andadura profesional, al menos, no de una forma literaria. Y estoy seguro de que él sabe que sospecho de su forma de proceder… Sin embargo, mi interés es otro en estos instantes y decido ignorar su extraña reacción por el momento.

Cierro la puerta con cuidado y analizo el espacio que me rodea con frustración creciente. El aire no huele a fruta y el sillón situado frente a mi padre, al otro lado de la mesa, está milimétricamente centrado y enfrentado al borde del tablero.

—¿Dónde está…? —planteo la pregunta sin pensar o, más bien, pienso en voz alta. No debí hacerlo.

Papá coge su pluma dorada y abre la agenda con gesto seguro, después me mira desconcertado. Se diría que ha recuperado el control por completo.

—¿Dónde está quien…?

Me mira apenas un segundo mientras tira del cajón y saca de él su pipa por una rendija mínima. Yo lo observo con curiosidad renovada, y aunque hago lo posible por actuar con normalidad, presiento que el contenido de ese cajón será lo que ocupe mi mente por el resto de la tarde.

—Tu paciente de las cinco…

—Ah, eso —saca el tabaco del bolsillo y recapacita su respuesta—. Hoy es domingo… Supongo que estará en casa, descansando. Incluso los pacientes tienen derecho a descansar un día a la semana.

Busco el bolígrafo en mi bolsa mientras me pregunto en qué categoría de personas me incluye a mí para considerar que no necesito reposo.

—¿Y quien es…?

Ahora clava en mis ojos su mirada de reproche habitual. Definitivamente, vuelve a ser él.

—¿Qué te hace suponer que voy a hablarte de mis casos?

—¿No es eso lo que hacemos cada tarde…?

Muerde la pipa con fuerza y vuelve a empujar el cajón con ambos pulgares, las palmas apoyadas en el borde de la mesa y la mirada perdida en un lugar impreciso, pero fuera de la habitación sin ningún tipo de dudas.

Después de un minuto, comprendo que ha olvidado mi pregunta o, simplemente, ha decidido ignorarla. Así que, me acomodo en el sillón y espero paciente a que encienda la cachimba. Utiliza el mismo mechero para pipa de toda la vida, un Dupont dorado de llama lateral, que se adapta a su mano dócil y fácilmente, como un viejo e íntimo amigo.

—¿Cómo llevas la historia…?

Me pregunta con los dientes fuertemente apretados en torno a la boquilla, semioculto tras la espesa nube de humo azul. A pesar de todo, distingo en sus ojos un destello extraño. Su mirada es inquisitiva y escrutadora, no me queda la menor duda, y me hace pensar, cada vez con mayor convicción, que ha urdido esta pantomima con la única intención de ponerme a prueba. Tanto me da. En el fondo, no esperaba nada demasiado distinto a esto, y los manejos de mi padre para manipular mi vida no son nada nuevo, como tampoco lo es mi estupidez reiterada. Creo que soy el único hombre del mundo capaz de caer un número infinito de veces en la misma trampa.

La bilis vuelve a revolverme el estómago pero, esta vez, el destinatario de mi ira contenida soy yo mismo.

—No tengo historia…

Le contesto desafiante, aunque la intención de la pregunta haya sido aparentemente inocente. En realidad, en este instante veo a Cecilia frente a mí, juzgando mi proceder y poniendo en duda la honorabilidad de la intención de papá y, por alguna razón que desconozco, no le perdono su agudeza mental.

—¿Ni siquiera una leve idea de cómo abordarás el asunto…?

—¿Qué asunto? —mi irritación crece por momentos—. Lo que me llevo de aquí cada día no son más que datos sueltos, a mi modo de ver, anécdotas surrealistas… Todavía no estoy seguro de lo que esperas de mí.

Me observa con fijeza mientras sus dedos juguetean con la pipa caliente. Los míos se hunden en las rodillas como garfios, bajo la mesa, y la bola de bilis asciende por la garganta mientras intento desesperadamente mantener su mirada.

—Sólo intento crear el ambiente adecuado, introducirte de alguna manera en mi mundo para que comprendas ciertas cosas…

—No sé qué debo comprender —insisto—, lo que me das puedo conseguirlo en cualquier parte y escribir, después, por mi cuenta —me libera de la presión de sus ojos para mirar las volutas de humo con interés, y este gesto me da cierta seguridad.

—Te dije que me limitaría a contarte… Tú debes sacar tus propias conclusiones.

Su explicación se me antoja enigmática, mientras él juguetea nervioso con el mechero y sus ojos huidizos se refugian en la escasa claridad, al otro lado de las cortinas. Si no se tratase de mi padre, pensaría que la persona que se sienta frente a mí se encuentra en un auténtico callejón sin salida, que busca de forma desesperada el modo de abordar alguna cuestión anómala, de capital importancia.

—Lo siento, pero no entiendo tu juego —su evidente inseguridad me devuelve el aplomo perdido hace unos instantes.

Él asiente en silencio, sin apartar la vista de la cortina, al otro lado de la neblina que emerge de su pipa, y creo que éste es el primer gesto de comprensión que advierto por su parte durante estos días.

Por mi mente pasan, a velocidad de vértigo, nuestras conversaciones diarias y las escasas conclusiones a las que he conseguido llegar. Sus historias me han parecido incoherentes, inconexas entre sí desde todos los puntos de vista. Las he leído y revisado hasta la saciedad. Son diversas, variadas y disparatadas. Y en ellas cuenta desde la obsesión de un hombre por demostrar que su pierna amputada sigue en su lugar, hasta la negación desesperada de una madre ante la muerte de su hijo. Lo único que tienen todas de común, a mi entender, es la evidencia de que el ser humano no es capaz de controlar sus propios sentimientos, sino que tiende a disfrazar la verdad cuando ésta se presenta ante él, desnuda y cruel…

—¿Qué necesitas…?

Me obliga a salir de mis cavilaciones con su voz pausada y grave, y lo hago no sin cierto sobresalto, abrumado por el súbito cambio en su actitud.

—No estoy seguro —su interés me agarra por sorpresa y me impide pensar con coherencia—, pero podrías darme algo concreto, unos cuantos informes reales, tal vez. Necesito encontrar el hilo de conexión, comprender tu idea antes de llevarla a cabo…

Ahora niega mientras mira las uñas de su mano izquierda sin ver. Parece ofuscado, contrariado o acobardado… No sé interpretar sus reacciones, son nuevas para mí.

—De acuerdo —dice, por fin—. Admito que tienes razón y que no nos lleva a ninguna parte seguir dándole vueltas a esto —deja la pipa en el interior de un cenicero enorme de mármol, a su derecha, y se incorpora despacio, ajustando distraídamente los botones de su chaqueta—. Te traeré algo que te parecerá revelador.

Bordea el enorme sillón de orejas y desaparece tras la puerta maciza de cuarterones, situada detrás de éste. Conozco bien la habitación oscura del otro lado. Es un archivo, pequeño y abigarrado, donde conviven la totalidad de los datos, informes y detalles de la vida profesional de papá, todos aparentemente enredados en un orden complicado y heterogéneo, organizados al margen de toda lógica, aunque, el profesor Jiménez advierte cuando un simple papel ha cambiado de lugar al primer golpe de vista, porque esa habitación es como una prolongación de su propia mente, atestada, caótica y confusa para el profano, y también abarrotada de datos inservibles para el común de la humanidad. Por eso, nadie ha tenido jamás el menor interés en entrar en ella desde que tengo memoria. Bueno, nadie excepto yo…

Después de un instante, una luz mortecina titila desde el interior del cuartucho e, inmediatamente, la puerta se cierra con un golpe sordo, peculiar, olvidado en algún rincón de mi mente pero perfectamente reconocible y capaz de acelerar mi corazón sin una razón aparente. El malestar vuelve a alojarse en mi estómago y la impaciencia me devora por dentro. No soporto el silencio que me envuelve, y cada minuto que pasa entiendo menos el motivo que me trae un día tras otro a esta maldita casa…

Me incorporo movido por un impulso urgente, miro a mi alrededor y caigo en la cuenta de que todas las angustias quedaron encerradas en la habitación en la que ahora me encuentro mucho antes de que decidiese, definitivamente, abandonar la casa de mi padre. En realidad, no recuerdo haber entrado en este despacho desde la adolescencia. Entre las macabras cuatro paredes que me oprimen siguen viviendo mis pesadillas, y papá acaba de abrir la puerta del zulo oscuro, tal y como yo hice anoche en mi propio pensamiento.

Creo que empiezo a sentir con claridad… Es en la parte de arriba de ese cuartucho donde vive la alimaña que me atormenta. Casi consigo recordar, y la sensación duele. Al final de la pequeña escalera de caracol, a la derecha del archivo, se encuentra el desván oscuro y polvoriento donde sólo habitan susurros y lamentos, y el único consuelo es la voz… Esa voz…

Casi sin pensarlo, me precipito con vehemencia hacia el cajón que mi padre manipulara hace un rato, cuando entré en la biblioteca. No sé por qué lo hago, pero ya no importan demasiado las razones. Mi capacidad de raciocinio no da para mucho a éstas alturas, sólo me guía el instinto y me dejo llevar por él. Revuelvo entre los cachivaches del interior del compartimento, y al primer golpe de vista no distingo más que atacadores para pipa, bolsas de tabaco, cerillas… Aunque, en el fondo del cajón, hay un marco dorado con la parte de la foto hacia abajo…

Mis piernas tiemblan incontrolables y ocupo el sillón de orejas por pura necesidad, reprimiendo a duras penas la profunda aversión que siento hacia él. Desde pequeño preferí dirigir mi odio hacia el trono del condestable supremo, en lugar de al propio dictador, supongo que por razones de fidelidad filial o cualquier otra simpleza digna de mí, pero creo que si no tomo asiento en este preciso instante, me desplomaré sin más. La resaca continúa masacrando mi estómago y el cansancio de la mala noche pasada tampoco me ayuda. Aunque, no es solo eso… Un extraño estremecimiento me recorre el cuerpo en el instante en que mis dedos entran en contacto con el metal dorado, y la emoción que siento es indescriptible cuando miro la foto en blanco y negro que aparece ante mí como si emergiese de entre la bruma gris de mi pensamiento enmarañado…

Reconozco inmediatamente a la chica, y ella me mira con fijeza desde la instantánea mientras acaricia con dulzura el pelo revuelto de un niño, que no es sino ese que aún sigue adherido a mi piel, y que en la foto se agarra a su pierna como un náufrago a una tabla en mitad del océano. La expresión del pequeño es de desamparo y tristeza, y no necesito pensar mucho para caer en la cuenta de que todavía me siento así…

—¡Claudia!

El nombre escapa de mi garganta de manera espontánea, y con él miles de fantasmas indefinidos que danzan a mi alrededor como marionetas incontrolables. Son retazos inconexos de mi propio pasado, incomprensiblemente extraviados en el tiempo como el grito enloquecido de mi madre, que vuelve a clavarse en mi pecho repentinamente desde algún rincón lejano de la casa. Su aullido me oprime la garganta y me enfurece a la vez. Pero no está sola. La voz profunda, suave y consoladora, de erres arrastradas, acompaña al macabro lamento; y ahora sé que esa voz pertenece a Claudia intentando aplacar la furia enloquecida de mamá. Yo no entiendo lo que dicen, pero la discusión y las razones que ambas aducen, entre gritos y sollozos, se me han clavado definitivamente en el corazón. El recuerdo amargo se abre paso a través de la bruma espesa de mi memoria y vuelvo a ver a mi familia rota, dividida por alguna cuestión que mi mente de niño no alcanza a comprender. Aunque algo sí sé: es mi padre, la diana sobre la que lanzo los proyectiles de mi furia y, como entonces, maldigo su poderosa y terrible influencia sobre nosotros tres.

De repente, siento la necesidad imperiosa de huir de aquí cuanto antes. Los alaridos de mi madre se convierten en un llanto lastimero y desgarrador que no consigue, sin embargo, mover mi compasión. Por alguna razón, mis sentimientos hacia ella son terriblemente contradictorios. No sé si la quiero o la odio, si la necesito o aborrezco su presencia, y esta sensación me desarma, me anula…

Saco la foto del marco y emprendo la huida despavorido, como si tuviese la certeza de que en pocos segundos todo se desmoronará a mi alrededor al ritmo enloquecedor de los gemidos de mamá. Atrás queda mi bolsa, la cámara de vídeo y la voz consternada de mi padre.

—¡Mauri!

Cuando lo oigo nos separan, al menos, diez metros. Yo ya estoy a punto de abrir la puerta de salida, aunque, antes de salir miro hacia atrás y me da tiempo aún de abominar al hombre trajeado y petulante que me dio la vida, ese que ahora me mira constreñido, con un informe de dos dedos de grosor entre las manos, como si acabase de comprender que su hijo está abocado a la locura. Tras él, la luz mortecina del cuartucho que conduce al desván impele hacia mí un olor rancio de tierra mojada, polvo y carcoma, que me provoca arcadas viejas, olvidadas, enterradas…

Tiro con urgencia de la puerta, en un intento desesperado de acallar los inacabables lamentos, y desciendo por la escalera, pero los gritos continúan porque están dentro de mí, y ahora sé que continuaran ahí hasta que consiga enfrentarme al recuerdo que mi memoria me niega. Estoy seguro de que no me sirve de nada huir, porque la única huida posible sería marchar hacia atrás en el tiempo. Volver al día en que hablé con la becaria y decirle que jamás volvería a pisar este bunker de horror, o regresar al instante de mi niñez en que todo esto empezó o, simplemente, no haber nacido…

En la calle, la gente pasea indiferente bajo las luces de las farolas, como si la vida fuese una cuestión simple, un paseo por Fuencarral a la luz de la luna…

Apenas recuerdo si alguna vez he podido sentirme como ellos. Cuando bajo el escalón del portal sólo una idea, oscura y dolorosa, oprime mi mente: odio a mi padre.



6 comentarios:

carmeloti dijo...

Querida Irlanda;

Una vez más estoy aqui, y no porque te quiera, que motivos no me faltan, sino porque creo en tí, en tus personajes, en tu historia...

Este Mauri devanandose entre la inseguridad, el odio a su progenitor, el vacio de vivir su propia vida con lagunas de conocimiento de la misma, su capacidad creativa ante lo desconocido que cohabita con el bloqueo de acción, han hecho una vez más que espere ansiosa e ilusionada, tras el humo azulado de la pipa, ¿qué hay detrás de esa Claudia?

No olvides que estoy esperando...

irlandaherrero dijo...

Gracias por seguir aquí, Carmen.
Continuamos!!!

Silvia dijo...

Es un gusto pasearme por tu blog amiga, me envuelvo con cada personaje y me dejo llevar, una atmósfera que me relaja y me hace olvidarme de todo lo demás, es fantástico, muy pocas historias consiguen esto en mí.


Sigo leyéndote ;-)

Mª José dijo...

Vaya, yo tambien estoy aqui, vaya trio nos hemos ido a juntar, tras las voces, tras los pensamientos, buscando en un pasado desesperado que se no se encuentra para poder comprender el presente de personaje.
Bueno, esperemos que la nueva entrega no demore mucho, buen escenario de intrigas hay creado ya.
Besos miles guapa.

irlandaherrero dijo...

Feliz de verte aquí Silvia.
Intentaremos mantener la atmósfera adecuada ;-)
Un montón de besos!!!!

Mariluz

irlandaherrero dijo...

Marse, no te me despistes!!!
El diez está al caer!!!
Besitos.
Mariluz