6º — UN DOMINGO CUALQUIERA



Hace más de dos horas que Mikel se esfuerza en escuchar sus propios pensamientos por encima de los compases caóticos de Comus o la transgresora y potente voz de Grace Slick. Los razonamientos se confunden en su mente y las ideas se le mueren aún antes de nacer, como si intentase escribir una tesis sobre el silencio junto al batería de Metallica en mitad de un concierto.

Piensa que podría marcharse a casa en éste preciso instante, que debería hacerlo si le quedase un ápice de sentido común. Eso sería lo más lógico teniendo en cuenta que su hijo lleva dos días solo en casa y lo echará de menos, y Angie, en cambio, no parece necesitarlo en absoluto. Ni siquiera está seguro de que haya reparado demasiado en su presencia desde el viernes, enfrascada en la absurda tarea de escuchar uno a uno todos los Cds amontonados en la mesilla de la sala o tirados sobre la alfombra, alrededor de ésta.

En ocasiones como ésta procura insistir en la necesidad de vivir juntos, aprovechando los momentos de debilidad, aunque Angie se niega a hacerlo de forma sistemática y él empieza a no estar seguro de nada. En realidad, últimamente se pregunta si a Pablo, su hijo, le conviene vivir demasiado cerca de estas situaciones extrañas. El chico tiene quince años y un carácter muy especial, sensible e inestable, como su madre. Por otro lado, ha cogido verdadero cariño a Angie y no le parece adecuado someterlo a la tortura de tener que convivir con estos “ataques” periódicos.

La noche del viernes anterior intuyó, casi inmediatamente después de abrir la puerta, que volvía a ser testigo de excepción de otro brote de… ¿locura?

No, locura no. Angie se enfadaría si sospechase que esa es la palabra que acude a su mente cuando piensa en su singular sensibilidad, como ella prefiere llamarla. Sin embargo, nadie puede negarle que estas extrañas transformaciones suyas son, cuando menos, difíciles de clasificar. Y en esta ocasión todo parece más complicado que de costumbre. En dos años se ha acostumbrado a prescindir de la lógica para realizar su trabajo. Angie aporta sus sensaciones y él se limita a organizar la búsqueda, y aunque parezca increíble forman un buen equipo. Sin embargo, presiente que algo falla en esta ocasión. Las reacciones de su compañera son diferentes y esto le parece una mala señal. Es como si las pulsiones brotasen de su propio interior y hubiesen dejado de ser la consecuencia de un estímulo externo… Como si a fuerza de jugar con su cordura estuviese perdiéndola definitivamente. Y ésta es, precisamente, la razón que le impide marcharse a casa. Tiene miedo por ella. Como las otras veces, se siente profundamente fascinado, pero ahora es el miedo el que gana la batalla.

El viernes fue incapaz de dejarla sola porque le pareció que se encontraba en medio de una crisis nerviosa, o bajo los efectos de la sobredosis de algún estimulante. En los primeros veinte minutos desde su llegada, le lanzó tal cantidad de información que tardó, después, más de dos horas en asimilarla. Por no hablar del tremendo agujero que ha dejado en la ya mermada cuenta corriente de su banco… Este tipo de conducta no es nada propio de Angie, habitualmente tan comedida y prudente en todo lo referente a su propia vida…

Mikel deja caer el bolígrafo sobre el escritorio del dormitorio y sujeta su nuca con ambas manos, mientras observa las idas y venidas de su compañera a través de la pequeña rendija de la puerta, en el otro extremo de la habitación. Piensa preocupado que Angie no ha conseguido frenar la actividad febril de su cerebro ni un par de minutos desde el viernes por la mañana, justo desde el momento en que abrió los ojos y se encontró con esa nueva y extravagante realidad que se esfuerza en describirle con detalle una y otra vez. Ni siquiera ha conseguido descansar más de seis horas mal contadas a lo largo de dos días. Y le preocupa el hecho. Ahora observa atentamente sus gestos y le parecen disparatados, urgentes, como si preparase un viaje apresurado, o como si llegase tarde a alguna parte… En realidad, piensa que su cuerpo se limita a reflejar la agitación de su mente. Nunca la había visto en este estado, aunque también es justo reconocer que ninguna vez ha sido igual a otra, anteriormente… Entonces, ¿qué es lo que le preocupa tanto…?

La música cesa de repente, después de dos días de soniquete prácticamente continuo y, casi como si se tratase de un endiablado bis, su móvil repiquetea con urgencia en el interior del bolsillo derecho de su vaquero. Con gesto de impaciencia, echa un último vistazo hacia la sala a través de la rendija, antes de contestar, y comprueba inquieto que no hay indicios de movimiento alguno al otro lado. Después, mira el móvil y decide que es necesario atender esa llamada. La pequeña pantalla iluminada dice “Márquez” de manera escueta y se siente en la obligación de contestar apresuradamente. A pesar de que el inspector es un viejo amigo, y casi su único confidente, el respeto se convierte en veneración hacia su persona, como si estuviese en el escalafón más alto de su particular jerarquía de gente importante en la vida.

—Gregorio…

—Tengo lo que me pediste…

Hace una pausa, pero Mikel sabe que no la aprovechará para dar los buenos días o preguntar por su salud. El inspector siempre omite los comentarios que considera superfluos u obvios. Seguramente estará encendiendo un cigarrillo, y Mikel respira hondo y vuelve a mirar hacia la rendija.

El silencio en el interior de la casa es absoluto.

—… Y tienes razón —continúa Gregorio, y el chasquido de su mechero de gasolina reverbera en el pabellón auditivo del escritor—, no hay nada. La investigación prosigue. Están peinando la provincia de Granada, pero el inspector Martín piensa que se trata de otro caso sin resolución. No existen indicios de delito.

—Muy bien, gracias.

—¿Vais a buscarla vosotros…?

—No estoy seguro, tengo la impresión de que aquí no hay nada, como tú has dicho.

—Nunca se sabe, esa chica no anda bien de la cabeza, así que, no creo que haya salido de safari. Es el caso perfecto para vosotros.

Habitualmente, Mikel sigue al pie de la letra las indicaciones de Márquez, después de todo, él es su maestro en gran medida. Aunque ahora ignora el comentario y no contesta.

—Oye ¿Cómo va la novela? Espero que me hayas incluido, y con un papel importante.

El inesperado comentario, acompañado de un embarazoso carraspeo, obliga a Mikel a reconsiderar el concepto que posee de su amigo. Quien sabe, quizá tenga hoy un buen día… Lo imagina intentando esbozar algo parecido a una sonrisa en su cara de palo.

—Intentamos decidir la portada. Angie no se conforma con cualquier cosa… Y sí, naturalmente que tienes un gran papel, eres el malo.

Un gorgoteo gutural, que Mikel interpreta como risa…

—Te conviene que eso no sea cierto.

…Y el zumbido intermitente del teléfono.

Fin de la conversación.

Mikel mira el visor y resopla contrariado. No está de acuerdo con el inspector. Puede que sea la primera vez en su vida que le ocurre, pero no lo está… Se levanta de la silla apresuradamente y tira del picaporte hacia sí con una prudencia innecesaria. Angie no habría advertido su presencia aunque hubiese pateado la puerta. La busca con los ojos por la habitación, mientras nota que en su estómago crece una bola dura y pesada. No se imagina como reaccionará cuando oiga lo que tiene que decirle, pero está seguro de que su decisión no contribuirá a apaciguar los extraños impulsos que la dominan.

Después de unos segundos, la localiza acurrucada en una postura forzada, cerca del balcón de la sala. Su concentración es absoluta, y parece dudar mirando alternativamente el Cd que sujeta en cada una de sus manos, acuclillada junto a la mesilla de madera y cristal. Pero su vacilación dura apenas un instante más. Deja caer el disco de su mano izquierda sobre el sofá y se apresura a meter el otro en el lector. Después, su mirada se pierde en el reflejo mortecino de la mañana gris, al otro lado de los visillos traslúcidos, y parece perseguir la voz invisible de Grace Slick más allá de éstos. Permanece completamente ajena al resto del mundo, y Mikel cree distinguir en el iris de sus ojos el centelleo multicolor del que no para de hablar cuando consigue prescindir de la música…





Se le ocurre que debería visitar a Jiménez por su cuenta y explicarle la situación, porque esta vez las acciones de Angie no se parecen a nada, pero consiguen inquietarlo desproporcionadamente si tiene en cuenta que no existe, como es habitual, el menor atisbo de miedo en ellas. Tampoco sueña ni padece alucinaciones, aunque quizá resulte demasiado arriesgado asegurar esto último, a juzgar por su expresión en este mismo instante. Cualquiera que no la conozca podría sospechar que es adicta a la mescalina o algo parecido.

De pronto, Mikel siente la imperiosa necesidad de sacarla del extraño trance, como si comprendiese inesperadamente que está a punto de perderla para siempre, de contemplar como su juicio se diluye en el espacio, en el tiempo…

—Angie…

Al contrario de lo que esperaba, la chica reacciona inmediatamente girando apenas su rostro hacia la derecha, pero lo mira con ojos nuevos, asombrados y expectantes, como si acabase de conocerlo, y Mikel recuerda que el reflejo de su propia voz ahora es de color rojo con tintes de gris brillante…

Chasquea la lengua contrariado y se acerca a ella lentamente.

—¿No te parece que estás sacando este asunto de quicio?

Las pupilas dilatadas y el rictus inocente, casi infantil, de sus labios carnosos le indican que Angie ha vuelto, al menos por el momento… Empieza a estar cansado de la cuestión aún a sabiendas de que ni siquiera ha empezado.

—¿Qué quieres decir…?

Ahora le parece estar frente a la chica asustada de hace dos años. La que conoció justo en el momento en que pensaba que jamás podría tapar el hueco dejado por su mujer.

—Mírate, pareces alucinada. Es como si…

Se arrepiente de sus palabras demasiado tarde.

—¿Cómo si hubiese enloquecido…?

No ha querido decir eso, y acaricia su cuello con ternura a modo de disculpa. Aunque Angie parece tranquila, demasiado tranquila para el gusto de Mikel.

—Pues no te preocupes —continúa—. No se trata de eso —alarga su brazo hacia el amplificador y baja el volumen del aparato. Mikel respira aliviado—. Sencillamente, puedo ver el mundo desde una perspectiva diferente. Y es fascinante.

—¿Por qué?

—¿Por qué es fascinante..?

—No —cada vez que pronuncia una palabra, Angie mira fijamente su boca y después sigue con los ojos una estela invisible—, ¿por qué ves el mundo diferente?

—No puedo contestarte a esa pregunta… —se aleja bruscamente del aparato de música y Mikel la sigue hasta la cocina— Tomás me explicó que su hija es especial, aunque no en ese sentido…

Enciende dos fuegos del hornillo y coloca en uno la cafetera y en el otro la tetera. Mikel mira hacia el reloj de la pared y recuerda que ni siquiera han desayunado.

Son casi las once.

—Al parecer esa chica, Paloma, sufre graves depresiones desde los trece años —el tostador humea en cuanto lo enchufa y Angie lo voltea y lo sacude con energía sobre el cubo de basura. Algunas migas carbonizadas caen en su interior—. Se lo comenté al profesor y me dijo que puede tratarse de TAB, aunque estas cosas no deban afirmarse así, a la ligera.

—¿TAB…?

—Trastorno Afectivo Bipolar… —introduce dos rebanadas de pan en el tostador al tiempo que sacude la cabeza con energía— En cualquier caso, nada que tenga que ver con la sinestesia…

Angie abre las puertas del armario o el frigorífico con gestos nerviosos, impulsivos, totalmente inhabituales en ella, mientras el escritor la observa inquieto e intenta reconstruir mentalmente la foto que vio la tarde anterior en un periódico online: una chica muy joven, delgada y atractiva, sonriéndole a su jarra de cerveza en una taberna de ambiente irlandés. Y también recuerda la reacción de Angie, completamente diferente a las de otras veces. Durante dos años la ha visto estremecerse de miedo, tristeza o esperanza  al simple contacto con la foto que le tendía un extraño. La primera vez con una instantánea de su propia mujer, Blanca. Ella supo al instante que estaba muerta y que su vida no fue fácil… Sin embargo, la tarde anterior le pareció que los ojos de Angie sólo reflejaban desconcierto, o decepción, no está seguro. Pero, en cualquier caso, nada que justifique la expectación exultante que ahora la domina.

—¿Qué sentiste ayer ante la foto?

Su voz la sobresalta un poco y la obliga a detener la tarea.

—No estoy segura…

Ha clavado los ojos en el fuego del hornillo y sus manos se han paralizado sobre la bolsa de pan.

—Pero, ¿crees que esa chica está muerta…?

Se limita a negar levemente, antes de reanudar su lucha con el alambre de la bolsa. Después parece hablar para sí misma.

—Esta vez es todo demasiado desconcertante…

Desde luego que lo es —piensa Mikel—, no tienen nada: una jovencita depresiva y un padre consternado por su desaparición. Una noticia recurrente en los diarios y, como en la mayoría de los casos, falta de interés. Los jóvenes, a veces, huyen voluntariamente…

Se encoje de hombros y mira hacia el exterior a través de la ventana abierta. La temperatura es agradable, pero las nubes se niegan a abandonar el cielo de Madrid y mantienen la atmósfera densa y oprimente, contagiándole una extraña sensación de pesadez. Aunque, está casi seguro de que el culpable de su embotamiento no es el cielo plomizo, sino este maldito asunto. Desde el viernes por la noche intenta inútilmente digerir la extraña historia que a él no le parece nada fuera de lo común excepto, quizá, por el hecho de que Mauricio Jiménez pueda estar involucrado de alguna manera en ella. Pero cree sinceramente que esta posibilidad es una auténtica locura, y la idea hace que la duda vuelva a arañarle el pensamiento. Quizá debiera hablar con el psiquiatra personalmente. Puede que todo esto no sea más que una elucubración extraña de Angie… Hasta ahora, el viejo profesor sólo ha sido para él una fuente de información, fría y aséptica, siempre dispuesto a colaborar en aras de la divulgación de la ciencia, pero incapaz de ver a la gente de otra forma que no sea como objetos de investigación. Y, en otro orden de cosas, siempre le ha agradecido que haya puesto esa ciencia suya al servicio de Angie y sus extrañas pulsiones cerebrales… ¿O no debería hacerlo?

Suspira profundamente y ocupa una de las dos sillas que bordean la pequeña mesa plegable con evidente desgana. Angie advierte el gesto.

—¿Qué te pasa?

—¿Qué piensas hacer…?

La chica lo mira por encima del hombro antes de voltearse y dirigir sus pasos hacia la mesa.

—Hablas como si sólo fuese cosa mía… ¿Acaso has decidido que esta vez no estaremos juntos en esto?

Posa con suavidad un par de cuchillos y la tarrina de mantequilla sobre el tablero, al tiempo que ocupa la silla de enfrente sin dejar de mirar a Mikel con fijeza. Incrédula, siente que acaba de descubrir una faceta extraña y desconocida en su compañero. No está segura, pero no entiende la intención de su mirada, así que, escruta con descaro su rostro. Mikel aparta los ojos, desconcertado, y mira hacia la ventana. Teme que Angie lea en su pensamiento antes de tiempo. Se siente avergonzado y sorprendido por su propia reacción, pero sabe que nada lo hará cambiar de idea; presiente que se  equivocan, que esta vez se están metiendo en un asunto sin sentido ni valor, y tal vez algo más que todavía no es capaz de admitir…

—Angie, estoy seguro de que aquí no hay caso…

—¿Caso…?

La cafetera ruge y la tetera silba, como si hubiesen sincronizado cuidadosamente su entrada, al unísono, en la escena. Angie se levanta apresuradamente y apaga los fuegos con gesto ansioso para volver a sentarse inmediatamente. Apoya los codos sobre la mesa y busca los ojos de su compañero con obstinación. Sus rostros están a menos de un palmo de distancia y a Mikel no le queda más remedio que responder a su mirada.

—¿Qué quieres decir con eso…? ¿Desde cuando resolvemos… casos? —insiste.

—Te diré lo que pienso —la determinación que lee en el iris azul de los ojos de la chica lo intimida sobremanera, como aquella primera vez en la galería de arte de Pati. A pesar de todo continúa—. Hay cientos de chicas que abandonan sus casas de manera inesperada todos los días y lo hacen voluntariamente. No me parece que en esta ocasión sea diferente.

—Yo no lo veo así.

—¿Y cómo lo ves…?

Mikel se enfrenta a ella con una sensación sobrecogedora. Sabe lo que va a escuchar  a continuación y también que no le falta razón, pero seguirá en su empeño de disuadirla para que se aleje de este asunto. Es un impulso que no puede ni quiere evitar, e intenta autoconvencerse de que lo hace por el bien de los dos, aunque no alcance a comprender del todo la razón.

—La hija de ese hombre ha desaparecido y está enferma. No voy a dejarlo en la estacada…

—¿Por qué? ¿Qué te lo impide? ¿Cuál es tu obligación para con ese desconocido…?

Angie lo mira desconcertada y reacciona ante el asedio de sus preguntas incorporándose bruscamente para dirigirse hacia la encimera, en el otro extremo de la cocina. Para cuando vierte el te y el café en las tazas, sus ojos se han convertido en dos lanzallamas de mirada furibunda, pero Mikel sólo alcanza a ver su espalda y no lo advierte. Continúa con sus argumentos.

—Ni siquiera hemos visto a ese tipo. Lo único que conoces de él es su voz a través del teléfono y estás dispuesta a desplazarte a cientos de kilómetros sin saber lo que buscas… No lo entiendo.

—Sé perfectamente lo que busco.

Ahora no necesita ver la cara de ella para saber que se está enfadando de verdad y, de todas formas, prefiere no hacerlo. Destapa la mantequilla y se dedica a dibujar filigranas en su superficie con el cuchillo.

—Acabas de decir que esta vez estás desconcertada…

—No me refería a eso.

Angie empuja un cajón abierto con todas sus fuerzas y el estruendo inmediato indica que todos los cubiertos han quedado descolocados en su interior. Mikel ignora el gesto y continúa horadando el bloque amarillo con terquedad.

—Hace un momento he hablado con Gregorio y me ha confirmado lo que sospechamos anoche mientras buscábamos información: no hay indicios de secuestro o violencia y ni siquiera tienen sospechosos en los que concentrar la investigación…

Interrumpe su discurso para dar un respingo, sobresaltado. Una taza de café negro acaba de saltar por sorpresa sobre la mesa  salpicando el mantel de cuadros rojos y blancos. La de te tintinea en el platillo, entre los dedos temblorosos de Angie, apostada junto a la mesa, muy cerca de él.

—¿Y desde cuando tiene que haber un delito de por medio para que busquemos a alguien?

Mikel mira sobrecogido en la dirección de la voz y los ojos de su compañera se le clavan en el pecho.

—No tiene que haber un delito, Angie, tiene que haber una historia…

—¿Se puede saber qué diablos te pasa? —el tono de Angie suena amargamente contenido mientras la taza de te también aterriza de mala manera sobre la mesa—. Llevas semanas buscando algo nuevo y esto nos ha caído del cielo… ¿Qué tiene de malo? Es una búsqueda como cualquier otra…

—Nos queda trabajo con la novela. Todavía estás con las correcciones, y si aceptas este asunto tendrás que desplazarte a Granada…

—¿Tendré que desplazarme…? —Angie lo mira incrédula—. Veo que ya has decidido dejarme sola en esto.

Mikel traga saliva comprendiendo que se ha precipitado.  Lamenta su torpeza, pero ya es tarde. La observa atentamente mientras ella ocupa de nuevo su silla, y calcula el impacto de su próximo argumento.

—En realidad, tampoco quiero que lo hagas tú.

—Pero,¿por qué?

—No me gusta este asunto, es demasiado descabellado.

—Todos nuestros asuntos son demasiado descabellados, de eso se trata, buscamos cuando los demás han dejado de hacerlo —sus ojos arañan los de Mikel y éste mantiene su mirada a duras penas—. Vamos, dime que pasa.

—Tú tampoco estás segura de nada…

El cuchillo se hunde en la pasta hasta el fondo, como el destello acerado de los ojos de Angie en el cerebro de  Mikel.

—Piensas que todo esto es una chifladura mía, ¿no es cierto?

—Yo no he dicho eso…

—Te equivocas, no has parado de gritarlo desde que llegaste el viernes por la noche. Hay gestos en ti que no necesitan palabras.

Aparta por fin sus ojos del escritor y se dirige hacia la ventana. Mikel respira aliviado, pero la sigue inmediatamente y posa sus manos sobre los hombros desnudos de la chica, ataviada con un pijama liviano de tirantes. Ella se deja hacer.

—Escucha, podemos esperar unos días, pensarlo con tranquilidad…

—No voy a hacer eso. Tengo previsto coger el primer vuelo a Granada, mañana por la tarde.

Su voz es apenas un murmullo, pero suficientemente rotunda como para hacer comprender al escritor que ha perdido esta batalla. Reflexiona un instante y decide organizar una tregua.

—De acuerdo, creo que los dos estamos excesivamente obsesionados con esto. Llevamos dos días encerrados sin más compañía que la endiablada música… Salgamos a dar una vuelta.

Angie se estremece levemente y Mikel la abraza con ternura para darle calor. El olor a fruta del cabello rubio y suave taladra sus fosas nasales.

—Me parece bien ¿A dónde vamos?

El pensamiento de Mikel gira como un torbellino a la velocidad de la luz. Debe encontrar el modo de crear el ambiente adecuado para volver al ataque.

—¿Qué te parece el Rastro…? Hace un millón de años que no vamos por allí y me apetece hurgar entre los libros.

—Dame diez minutos para vestirme.

Deshace el abrazo con suavidad y sale de la cocina despacio, aparentemente tranquila. A su paso por la sala, se acerca al equipo de música y vuelve a subir escandalosamente el volumen de éste.

Mikel tensa los músculos de su mandíbula y sus labios se fruncen en un rictus de contrariedad.

En la calle, un grupo de gente se amontona frente al kiosco esperando su turno para comprar el dominical, y otros entran y salen de la cafetería con bolsas de churros calientes intentando hacer del festivo un día especial, aunque sólo sea a golpes de pequeños detalles…

Pero Mikel está seguro de que en el 3º A del número 15 será difícil fingir que el de hoy es un domingo cualquiera.


4 comentarios:

carmeloti dijo...

Cualquier cosa que dijese, se que la recibes con los brazos abiertos, es lo que tiene ser "tu zalamera".

Pero eres rápida, impredecible, creas magnetismo y a mi me traes de cabeza, con tu personajes. Sucumbes en mis adicciones por lo excentrico.

"prescindir de la lógica y él limitandose a consultar su busqueda; forman un buen equipo"...

GRACIAS

irlandaherrero dijo...

Gracias Carmen, tú también eres rápida. Me tienes que no doy abasto, así que me alegra traerte de cabeza, es mi justa venganza ;)

Besotes!!!

Mª José dijo...

Vaya, si estamos aqui las tres del patibulo, jaja, siento una característica especial en tus personajes, entro en ellos de tal manera que yo misma recreo en mi imaginacion cada gesto, cada palabra, ni te imaginas como te sigo, bueno claro que lo sabes querida amiga, besos miles.

irlandaherrero dijo...

Bienvenida a mi patíbulo!!
Mil besos!!