4º — 20 de Abril. Día 1

Me dispongo a reflejar sobre el papel lo que el corazón me dicte a partir de este momento, sin conocer la extraña razón que me empuja a ello pero como si mi vida dependiese de cada frase, de cada palabra; como si necesitase atrapar con el bolígrafo las claves que escapan a mi cerebro… Como si pretendiese justificar de alguna manera las secuencias enloquecidas, sin sentido aparente, que martillean mi pensamiento desde esta mañana.

La punzada en el estómago —vieja conocida— me advierte una vez más de que todo empieza de nuevo. Hace tres años habría calificado la jornada de extraña sin más, como uno de esos días en que todo amanece descolocado, diferente en el pensamiento, y es necesario recapacitar un instante y reordenar las ideas de forma coherente guardando las absurdas insensateces del subconsciente en algún rincón oscuro y silencioso de la memoria, hasta la noche siguiente, para permitir el correcto funcionamiento de la razón durante el resto de la jornada.

Pero estoy segura de que hoy es el primer día de algo importante, vital. El día uno de entre sabe Dios cuantos más cargados de incongruencias y sinrazones aparentes, de punciones angustiosas y delirantes que no parecen llevar a ninguna parte porque son reflejos distorsionados de lo desconocido, de lo que aún está por venir…

Todavía no sé nada —¿cómo puedo saber?— excepto que esta mañana desperté y el mundo había cambiado a mi alrededor, o que mi percepción de él se había alterado de forma inexplicable.

Los consejos e indicaciones del profesor Jiménez, mi buen amigo, finalmente siempre resultan inútiles o insuficientes en la práctica y se resumen en una frase de cuatro palabras: “sigue tu propio instinto”. No tengo más. Nunca tengo más…

Esta mañana intuí antes de la llamada de teléfono, antes de abrir los ojos; en el instante mismo en que intentaba saltar el muro del sueño para apoyar los pies en la realidad, en lo cotidiano… Porque noté que mis piernas se hundían en arenas movedizas. Si lo pienso detenidamente, todavía no estoy segura de haber avanzado ni un milímetro desde la base del muro, sin embargo, conozco de sobra esta sensación. Hace tiempo que dejó de resultarme ajena. Ya no me pilla desprevenida ni me sorprende más de lo necesario. Creo que esto es lo único que ha conseguido enseñarme Jiménez: a distinguir las señales en el mismo momento en que se producen. Por lo demás, estoy segura de que jamás conseguiré descifrar los malditos y enrevesados mensajes. Y es que, al contrario de lo que piensa el profesor, el hecho de aceptar esta vertiente enloquecida de mi mente, de escuchar las absurdas insinuaciones del pensamiento o prestar atención a las delirantes alucinaciones, no me facilita el camino en absoluto, si acaso, me pone en alerta y nada más, porque cada vez es diferente. Tan diferente como para hacerme dudar de manera indefectible sobre mi cordura, sobre mi estado de salud mental.

Esta mañana no ha ocurrido de otra forma. Supe que algo pasaba instantes antes de abrir los ojos anticipándome, así, a la llamada de teléfono que ha cambiado mi rumbo.

La ventana —exenta de la protección de la persiana— me ofreció el espectáculo de un día triste y gris pero envuelto, por fin, en una bruma cálida y primaveral. Por un momento pensé que la melancólica opresión que me producen las tormentas había regresado. Después, sólo un instante después, un olor desconocido irrumpió con fuerza en mis fosas nasales y revolvió en mi mente hasta detenerse en el rincón más oscuro, en el más tenebroso y profundo de los recovecos del pensamiento, ése ante el que he aprendido a pasar de puntillas incluso en sueños. Aunque, esta vez la puerta se abrió de par en par inesperadamente, sin previo aviso, como si se tratase de una broma macabra.

No estaba dormida. Contemplaba con aprensión el cielo plomizo al otro lado de la cristalera cuando sentí que el pulso se disparaba en mis sienes y la respiración se convertía en un ronquido desesperado, sibilante, como la palabra extraña que alguien, o algo, susurraba desde la recóndita guarida de mi propio cerebro: “espers…”

Salté de la cama aterrorizada, lamentando profundamente mi negativa sistemática a los ruegos de Mikel para que vivamos juntos. La soledad agudiza las sensaciones y hace que todo parezca fatídico, tétrico. De sobra lo sé. Pero prefiero pagar ese precio a cambio de poder pensar que sigo siendo libre, al menos por ahora…

Creo que estaba aferrada al alfeizar de la ventana, tiritando de frío a pesar de la agradable temperatura, mientras contemplaba la calle mojada, cuando otro sonido —éste bien conocido— sustituyó a la extraña palabra en mi interior. Respiré hondo y recogí la bata, tirada a los pies de la cama, en mi atropellado camino hacia la sala. Recuerdo que supliqué a Dios en silencio para que fuese Mikel el que esperaba al otro lado del hilo telefónico. Últimamente, sus investigaciones lo mantienen muy ocupado, pero a veces decide descansar del ajetreo de la calle y pasar la mañana conmigo, ayudándome en la corrección de nuestra novela —pronto el trabajo estará hecho y la impaciencia lo devora por dentro—, pero cuando llegué a la mesilla en la que descansa habitualmente el inalámbrico caí en la cuenta de que, en realidad, el silencio en la casa era absoluto, rotundo. La mente me había jugado una mala pasada, la tercera en apenas diez minutos… Miré a mi alrededor desconcertada, antes de dejarme caer en el sofá, prácticamente desplomada.

Los siguientes minutos los dediqué a observarme a mí misma, a esforzarme en verme con claridad desde el ángulo más alejado de la sala. Y lo que contemplé no me gustó en absoluto: la chica que estrujaba sus manos como si fuesen dos enemigos en el fragor de la lucha mientras permanecía encogida, prácticamente escondida entre los mullidos cojines del sofá, me producía una dentera insufrible. No obstante, me forcé a examinarla detenidamente, como a una visita inesperada, fastidiosa y no deseada que se hubiese colado en la sala inopinadamente, sin cita previa. De pronto, los pensamientos funestos se amontonaron en mi cabeza. Comprendí que me había vuelto a enredar involuntariamente en el cabo de otra enrevesada madeja y, casi al mismo tiempo, el nombre de mi hermana ocupó la totalidad de mi pensamiento escrito con letras grandes, luminosas, como un indicador de peligro tras una curva cerrada…

Me arrojé hacia el teléfono, al otro lado del sofá, a pesar de que mi respiración se había convertido en un silbido extraño, laborioso, y apenas me quedaba aliento para hablar con Pati ni con nadie. Aunque, en el último instante, a punto ya de marcar el número, decidí serenarme y reflexionar. Que la conexión especial entre nosotras ha desaparecido por completo es algo que tengo asumido desde hace meses, pero la sigo necesitando. Es evidente que mi hermana ha conseguido cerrar la puerta del desatino y arrojar la llave a lo más profundo del mar. Ella se las ha ingeniado de alguna manera para anteponer sus propias necesidades a cualquier otra cosa, y ahora su vida gira exclusivamente alrededor de Diego y la rutina en la galería de arte. Su actitud me desconcierta terriblemente porque no entiendo como se las ha arreglado para conseguir algo así, aunque soy consciente de que el egoísmo siempre ha constituido un factor importante en su temperamento. Es extraño que no haya sido plenamente consciente de este hecho hasta ahora. Supongo que he tenido a mi hermana idealizada durante toda mi vida. Pero, sobre todo, un reproche silencioso se abre paso en mi corazón cada vez que reparo en el detalle de que no se lo ha pensado demasiado a la hora de abandonarme. Porque así es como me siento sin ella: desamparada… En cualquier caso, reconozco que no es cierto que seamos exactamente iguales por necesidad, y que es lógico pensar que en algún momento nuestras vidas tomarían rumbos distintos.

El hecho es que para mí todo ha resultado diferente. La estabilidad no forma parte de mis planes de vida desde el instante en que decidí que debía rendirme ante la evidencia de mi propia naturaleza; el día en que la fotografía de una desconocida consiguió remover mis sensaciones tal y como lo había hecho mi hermana, de forma exclusiva, hasta entonces. Después, el apoyo incondicional de Mikel y la insólita motivación de Jiménez hacia estos temas, me convencieron de que no merecía la pena luchar contra mi propia condición…

Cambié la idea de hablar con Pati por otra más práctica y sentí como si un puñado de arena se hubiese adherido a mi garganta cuando tragué saliva.

—¿Profesor…? —mi voz sonó aguardentosa y urgente.
—¡Ángela Porter! —la suya me desconcierta siempre. Serena y profunda, es capaz de recorrer todo el abanico de emociones sin apenas variar el tono—. Creí que habíamos quedado para el miércoles que viene…

—Y así era…

Frente a mí, los visillos del balcón seguían un movimiento ondulante y armonioso, movidos por el aire de un mes de abril templado, perezoso.

—Ya veo —su afirmación sonó tajante, sin rodeos, y me hizo sentir desnuda y transparente—. Dime a qué hora te conviene y te hago un hueco.

El primer paso estaba dado, pero no me hacía sentir mejor, al contrario, noté que el vértigo removía mi estómago vacío y que los dedos de mis pies asomaban por el borde de un precipicio del que no podía ver el fondo…

Minutos después, en la cocina, el café no olía como era habitual y estaba segura de que tampoco me ayudaría, como hacía siempre, a afrontar la vida. Aparté la cafetera hirviente del fuego. Sentí el impulso de tomar te sin azúcar y lo hice, y hallé en su regusto áspero una nueva dimensión gustativa completamente desconocida…

Cuando sonó el teléfono, esta vez de verdad, sentí que una punzada de impaciencia me empujaba hacia la sala, aunque estaba segura de que no sería Mikel.

Respiré hondo antes de contestar y me pareció percibir cómo el miedo escapaba por entre mis poros y huía hacia la calle, mecido por la brisa fresca de la mañana.

—Por favor, ¿puedo hablar con Angie Porter…?

Una voz de hombre con marcado acento andaluz, que por alguna extraña razón me pareció querida y entrañable, desbordó mis sentidos y tiñó de azul celeste la habitación. Fue tal la impresión que tuve que sentarme y apoyar los codos sobre la mesa para recuperar la estabilidad en cierta medida.

Después, una historia chocante y singular, completamente ajena a mí, que escuché con obsesiva atención mientras observaba sorprendida la profusión de colores a mi alrededor. A medida que el hombre devanaba su fábula delirante, una necesidad extraña me obligó a dejar la silla y dirigirme hacia la estantería donde guardo los Cds de música… Revolví entre los discos pero lo que buscaba no estaba allí, aunque en ese instante tampoco podía asegurar qué era exactamente.

Me despedí de él con la promesa de que mañana lo llamaré con una contestación. Sé que lo haré y sé cual será mi respuesta pero, por alguna razón que por el momento escapa a mi compresión, esta mañana colgué el teléfono y decidí obviar la evidente angustia del pobre señor hasta que diese con lo que buscaba entre mis discos más antiguos…






Son las nueve de la noche.
Mikel revuelve aturdido entre la pila de Cds todavía embalados en celofán, que desbordan la mesilla de la sala, mientras yo intento rematar esta sarta de incongruencias con alguna conclusión coherente. Pero no la encuentro.

Después de comer salí a la calle y destrocé el presupuesto de todo el mes en una tienda de música especializada en folk en sus vertientes más singulares. Lo que buscaba: acid-folk, folk progresivo, folk psicodélico…

Mikel ha escuchado con atención mi versión de la conversación telefónica de esta mañana, y ahora se rasca la barbilla y repasa una y otra vez los títulos de los Cds y los nombres de los grupos. Sabe tan bien como yo que nunca he sentido especial interés por este tipo de música, y adivina en todo esto uno de mis viajes a través del inconsciente. Yo no conozco a casi ninguno de los intérpretes, pero se que he conseguido lo que necesito, aunque todavía no tengo claro para qué…

Por otro lado, el profesor Jiménez me ha dado —transcripción literal— un diagnóstico orientativo: sinestesia. Y algo más que no sabría definir, pero creo que por primera vez me ha parecido ver una reacción humana en los ojos del viejo profesor, o un ligero temblor en la barbilla, tal vez… Y, sobre todo, un interés desmesurado por su parte hacia la cuestión que me atormenta a partir del momento en que una fotografía en blanco y negro —encerrada en un marco dorado sobre su mesa— llamó poderosamente mi atención. En la instantánea, una mujer morena, joven y atractiva, apoyada en el tronco de un árbol inmenso y frondoso y, junto a ella, un crío de ojos grandes y expresión huidiza. Una escena de lo más común, pero que arrancó de mis labios una palabra: “espers…”

3 comentarios:

carmeloti dijo...

Bueno Irlanda, ya conocemos la inseguridad de Mauri, la frialdad de Profesor Jimenez, pero extraordinaria personalidad de Angie, sublimes mecanismos sentimentales, busquedas infinitas de lo que nuestra mente proyecta; ya aparecen sus consecuencias cuando el origen de esas sensaciones y emociones no se ha hecho patente...

A la espera de nueva entrega...

Irlanda Herrero dijo...

Gracias Carmen por seguir mi paranoia!! Y perdona, tenía tus comentarios acumulados sin darles salida... Besitos!!!

Mª José dijo...

Vaya, la dichosa palabrita volvió a aparecer "espers", los pensamientos recorriendo y mezclando interiores con exteriores, tiempo mezclado con las ideas, que te topa siempre inevitablemente con un continuará, maldita sea la palabrita, con la agradable sensacion del nuevo encuentro en el caputlo siguiente, ahi me he dejado mi silloncito para continuarte querida amiga, besos miles...